20 mar. 2010

El profesor



Era una putada.


El maldito profesor, que sin duda alguna me tenía manía, me había encargado un cuento para el domingo. Ya le había comentado mi imposibilidad de acabarlo para ese día con esa insistencia que, francamente, ya era habitual en mí y que él tanto despreciaba.


—Creo en tus posibilidades —me decía—, así que no me vengas con excusas estúpidas que escucho a diario y ponte a trabajar.


“A trabajar”. Desde cuando era trabajar inventar un cuento.


Sea como sea, me puse en ello, pero sin lluvia, sin gotas en los cristales, sin ansiedad…, sin nada que me echara una mano. Hasta sin gato, el cabrón había cambiado el humo de mi cigarro por los asquerosos ratones que deambulaban en esa azotea donde muchas veces me sentaba a escribir cuando en mi cuarto perdía cobertura con la musa del mes.


Pero estábamos ya casi a día veintinueve, y estaba sin dinero y sin musa. Cosa que en mi profesión, es lo mismo.


A veces, en estos casos de carencia de ingenio, me gustaba abrir el diccionario y buscar esa palabra que detonara el enlace con ese “supuesto más allá”, y que me facilitaría el camino a crear un cuento entero, un párrafo, o una simple frase ingeniosa, que era de lo que principalmente subsistía. Pero sabía que este fin de semana maldito, esa no sería la solución para la infructuosa cuenta atrás.


Y el Domingo se acercaba.


Y el profesor me esperaba.


No podía fallarle. Tenía que entregarle algo… pero qué.


El domingo llegó presentando un día dañinamente soleado. Los niños jugaban en la calle. Los pájaros cantaban en la ventana. Las vecinas silbaban en el patio interior; y como todos sabemos, ese es el ambiente más dañino que existe para cualquier musa, que enseguida toman rumbo a fríos parajes montañosos. La tarde se acercó y la oscuridad salió de mi cabeza contagiando al resto de la franja horaria.


Decidí actuar.


Fui con mi cara más triste a casa del profesor. Lo mejor sería solucionar este tema en persona. De nada servía que mañana intentara disculparme en clase, y de esta manera el ridículo sería menor.


La ventana aparecía encendida y decidí tocar el timbre. La puerta se abrió lentamente, como en una película de terror. Su cara, rancia y gris me miró como iluminada desde el


suelo. Y decidí hablar.


Al llegar a casa me puse a escribir.


Por una vez fue un encuentro productivo y las palabras acudieron a mi cabeza dictadas por una nueva musa. Esa musa triste que conocía y amaba pero con nuevos tintes desconocidos por mí.


Y llegó para quedarse mucho tiempo. Si alguna vez, hiciera frío o calor, o volvía a desaparecer, sólo tenía que volver a matar otro profesor.



Lisandro Rodríguez ©

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8 comentarios:

Beatriz dijo...

¡ Y encima el primero! Al final le vas a coger el gusto y nos va a costar pillarte.
Me ha gustado mucho, genial.

Lisandro dijo...

Vaya, gracias...esta bien. Esta vez escapas ;))

Gracias amigo!

Lisandro dijo...

Jaja, respondía a Carlos mientras escribías tú Bea.
Si al final, "to es ponerse" Gracias también mi niña!
Me motiva que les guste!! :)

Helio dijo...

Lisandor, yo tb pensé en algo relacionado con el profe, pero no me atreví... ya me llamó cabronazo cuando indagué sobre su musa, así que cambié de tema... eres un valiente. Gracias por este lido regalito.

Toñi Ramos dijo...

¡¡Me vi tan reflejada en lo que has escrito , Lisandro, pero yo no soy tan valiente de matar al mexicano!!!

Cristina dijo...

Muy bueno, Lisandro! De repente me entran unas ganas tremendas de "ir con mi cara más triste" a buscarte y pedirte que me eches una mano (no llego, no llego, ¡suelta a la musa, carayyyy!).
Un beso.

Isabel dijo...

Excelente! claro que después de leer este no creo conveniente mandar el mio!

María dijo...

Es fantástico Lisandro , absolutamente genial. Ni caso a esta panda de descerabados y decerebradas.

Y una vez hecha la pelota, otrosí digo: si lees el mío el que no verá la luz mañana serás tú. Desde el cariño y el respeto, eso sí.

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