6 sept. 2010

Hadvertencia himprescindible




Uno de nosotros tiene que escribir,
si es que todo esto va a ser contado.
Mejor que sea yo, que estoy muerto,
que estoy menos comprometido que el resto.
Las babas del Diablo. Cortázar



   Y sigo citando:

   «Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, un golpe de viento en el tejado, el estudio número 3 de Scriabin, un grito allá abajo en la calle, esa foto del Newsweek, el cuento del gato con botas, el riesgo está en eso, en que se puede partir de cualquier cosa pero después hay que llegar, no se sabe bien a qué pero llegar, llegar no se sabe bien a qué, y el riesgo está en que en una hora final descubras que caminaste volaste corriste reptaste quisiste esperaste luchaste y entonces, entre tus manos tendidas en el esfuerzo último, un premio literario o una mujer biliosa o un hombre lleno de departamentos y de caspa»[1]

   Lo que empieza a resultar bastante molesto es que todavía —y el adverbio abarca toda la historia de la literatura— haya que estar repitiendo obviedades que no sé si hacen parecer más tonto a quien las dice o más necio al sordo que no las quiere oír. Como decía uno de los maestros del tema que estamos tratando (¿Qué no lo había dicho aún?), «Lisa y llanamente, no hay técnica que suplante al talento»[2].
   Sin embargo quienes pretenden aprender van a talleres literarios con la esperanza de que, por fin, les enseñen los (porque seguro que son) trucos que utilizan los escritores. Porque ellos también pueden hacerlo y más si se trata de textos cortitos, de textículos que hasta un niño puede hacer, lo mismo que hacía el Picasso ese con sus cuadros. Lo que ya de por sí demuestra su amplia ignorancia del arte en general y de la capacidad creativa de la infancia en particular. Y así les va.

   Nadie quiere aprender y menos aún aprehender técnicas. La primera clase de todo taller debe recomendar lecturas que, dependiendo de la capacidad de cada cual, servirán para que, una vez asimiladas las vayamos dejando caer en nuestros textos con la naturalidad que creemos congénita en los grandes maestros.

   Decían los románticos que «definir la ironía es traicionar lo más característico de su espíritu»,[3] lo que viene a ser como explicar un chiste; pierde toda gracia (y cuántos microrrelatos conocemos que no pasan de ser un mal chiste), o un truco de magia con lo que se reniega del pacto tácito entre el ilusionista y el espectador al que, desde el mismo nombre del espectáculo se le está advirtiendo que todo lo que va a ver es pura ilusión, al igual que existe un acuerdo no firmado entre el lector y el autor que se traduce en la verosimilitud del texto que no está reñida ni tiene por qué tener nada que ver con la verdad ni con la realidad.

   Un cuento que necesite ser explicado —en su intencionalidad— y poner al descubierto su esqueleto, una de dos, o precisa de otro público (excusa que nos permite mirarnos al espejo) o está mal escrito.

   Confundir la parte con el todo suele ser el pecado primigenio de todo microrrelatista que empieza. Emplean la condición sine qua non del género para justificar sus artefactos literarios, y creo que soy demasiado benevolente con la descripción. Un texto corto no es un microrrelato pero un microrrelato sí tiene que ser un texto corto. Esto que parece de Perogrullo, su característica más evidente, no puede servir de justificación para seguir talando árboles en la Amazonía y publicar cualquier cosa, menos aún amparados en la excusa de la brevedad como coartada editorial.

   Pero, vayamos por partes como dijo Jack, porque un tema nos lleva inevitablemente a otro. Desde que la literatura abandonó el anonimato, el ego de los escritores ocupó el puesto de cabeza en las intenciones de todo creador. No seamos tan malos ya que se supone que la comunicación consiste en transmitir nuestra idea del mundo al resto de congéneres. Algunos escritores se conformarían con sólo poder comer gracias a su trabajo pero —y las listas de besélers lo confirman— muchos morirían de hambre mientras su orgullo permaneciera bien alimentado.

   No creo necesario dar nombres (Vargas Llosa, Pérez Reverte) pues muchos nos son desgraciadamente conocidos. Estos individuos llamados escritores por la crítica y sus editoriales no se conforman con escribir y ganar cantidades envidiables. Su verdadero cometido en esta tierra de ignorantes es la de sentar cátedra con cada una de sus palabras. Ser adorados es su pretensión; de que sean leídos (o comprados) ya se ocupan las multinacionales que los publican.

   Mas, si esta actitud nos pudiera parecer detestable en los grandes escritores de todos los tiempos, cuando nos vemos en la obligación de leer textos de completos desconocidos que aspiran básicamente a lo mismo que los próceres de las letras, el asco se convierte en vergüenza ajena. Y el microrrelato parece condenado por su brevedad a ser el blanco fácil de todo escribidor con ínfulas de nobel.

   La desenvoltura y complicidad del microrrelato para con las nuevas tecnologías y, en especial, internet y su supuesto carácter democrático y globalizador, también termina por trocar una característica en defecto por causa del abuso. Si gogleamos la palabra microrrelato no me extrañaría que fuera el vocablo con más entradas después de sexo o Bush=idiota. Encontraremos miles de blogs de especialistas y cientos de concursos con dotaciones económicas inversamente proporcionales al número de palabras que estipulan sus bases. Quiero creer que esto supone un alivio para los sufridos jurados pues no es lógico que sus pagos vayan en consonancia con el género, pero compadezco el insulto a su inteligencia y admiro su paciencia, incluso la de los que no valen ni siquiera para críticos.

   Todo el mundo escribe. Cualquiera en un momento determinado de su vida decide que va a dedicarse a la literatura. Desde abogados a ex presidentes pasando por cabareteras del tres al cuarto. Y, para más Inri pretenden deleitarnos con sus autobiografías. No es de extrañar, pues supongo que todos tenemos decidido que, algún día, seremos neurocirujanos porque en el kínder éramos los masters de los recortables.

   La cantidad ingente de textos cortos o, mejor dicho, recortados que cada vez más invaden librerías, tertulias literarias, reseñas en revistas especializadas y antologías que se reproducen como la envidia le está haciendo un flaco favor a un género del que todos hablan, demasiados se empeñan en escribir y la mayoría no tiene ni la más remota idea.

   Tal vez sea porque a nuestra generación no le dieron bastante zinc con los petisuis o porque la humanidad desde siempre se ha creído el non plus ultra de la creación, pero lo cierto es que la estupidez genética amenaza con matar un género literario que merece el mismo respeto —por parte de lectores y autores— que cualquier novela prefabricada.

   Perdón, casi se me olvidaba la obligada referencia al Dinosaurio: «Y cuando terminó, el aprendiz de todo y maestro de nada seguía publicando».





[1] Cortázar, Julio. Después hay que llegar en Papeles inesperados. Madrid, Alfaguara, 2009. Pag. 399

[2] Giardinelli, M. Entrevista a Marco Denevi en Así se escribe un cuento. Madrid, Punto de Lectura, 2005.

[3] Zavala, Lauro. Para nombrar las formas de la ironía narrativa. España, Renacimiento, Colección Iluminaciones, 2004. Pág. 242.



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2 comentarios:

patricia dijo...

Me cuesta creer que te animes a decir esto porque vos, Carlos, no estás muerto. Sin embargo, podrías rápidamente adquirir tal condición en el ámbito literario si te empeñás en escribir lo que a más de un "pez gordo" como decimos en Argentina, va a molestar. Sé que será un gesto inútil pero el (mal) día que por fin te prenda la Inquisición, declararé que estábamos de acuerdo.

patricia dijo...

Un fuerte abrazo

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