6 sept. 2010

Luz de gas



Te vistes, te desvistes y mi mirada me lleva allí, al  lento desplazarse de las constelaciones por tu piel, cambiando estrellas por lunares para desembocar en el lado oscuro de la luna, donde sé que te gusta. Donde sabes que me gusta.

Sentado en una de las fuentes de la alameda central —¿recuerdas nuestras visitas al Planetario?— pienso en aquella época, en tu sudor; pero ya no sudas, y el agujero negro es lo único diferente.

Estoy hasta las narices de tu melosería —me gritaste ¿por qué tenías que gritar?— de la exigencia con que de mí reclamas ternura, de tu sonrisa de difunta romántica.

Por eso no me costó arrastrarte hasta aquí. Tal vez me cueste un poco limpiar la sangre, pero no hay testigos, sólo un vagabundo que ahora saca una flor marchita del bolsillo y, con la mirada cargada de melancolía la acaricia delicadamente, como para no deshacerla, mientras repite en voz baja una y otra vez, como en una letanía, palabras sueltas sin sentido, como piel, sudor, sangre, no fui yo.

Será cuestión de invitarlo a un trago y que se le manche un poco el abrigo desgastado.


© Taller de Cuentos Chaparros (Cadáver Exquisito)
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3 comentarios:

patricia dijo...

Exquisito trabajo, cuidadosamente ambiguo.
Me ha encantado, por eso lo cmpartí como se sugiere.

María dijo...

Si el resultado no es extraordinario, hacerlo sí fue extraordinariamente divertido.

Gracias, profe.

Carlos de la Fé dijo...

De nada, profa.

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