Irrumpió en la tienda con un dilequenomemate al que sólo le faltó Justino. La cara enrojecida, el ojo morado y la sangre me conmovieron. Ni lo dudé. Allí, bajo del mostrador, esperó hasta que se acabaron los dóndeestáentróaquíseguroyolovi a los que no pude responder. Se marchó a la misma velocidad con que pronunciaba sus palabras. Él se quedó acurrucado e inmóvil todo el tiempo que quiso. No me atreví a interrumpir las sacudidas de sus hombros al ritmo que le permitía el llanto. De vez en cuando acertaba yo a escuchar: ¡Nunca debí permitirle que me levantara la mano! ¡Nunca debí permitírselo!
Toñi Ramos ©

