25 abr 2010
Movimientos de tierra

1 abr 2010
Pólvora de la mañana
Nunca me gustó aquella casa. Llegamos arrastrados por el hambre; sería temporal.
En uno de mis primeros recuerdos veo llegar al General: traía una jaula enorme. Dentro, un ruiseñor. El pequeño se levantó y bajó corriendo, se abalanzó sobre él y se puso a dar vueltas alrededor de su regalo; el viejo sonrió satisfecho y señaló la puerta: «Siempre cerrada, estos animales tienden a escaparse».
Mamá me llamó, nerviosa. Al Señor le molestaba que el servicio anduviera por allí, ¡suerte que no se enteró! Después nos acostamos. Al alba volvieron los ruidos, el miedo se metía entre las sábanas y ella me abrazó. Pasaría pronto. Después cantó el pájaro, su trino cada vez más apagado, hasta que dejó de oírse. Murió el mismo día que papá; fueron los ruidos, de eso estoy seguro, y el miedo a la madrugada. El niño murió después, fue trágico. Nada se supo.
Años más tarde, frente a la tumba de papá, intenté recordar los hechos como fueron. Un niño limpio y rollizo contempla un ruiseñor mientras su abuelo, de verde y con medallitas, ordena un fusilamiento. No muy lejos, en un cuarto húmedo, un hombre cuenta sus días y escribe cartas, frases sueltas, hasta una nana. No deja de toser. Y en la cocina, una mujer morena pela cebollas y despluma un pajarito. Luego veo a un niño escondido entre las sábanas; se tapa los oídos. Después, empuña un arma.
Cristina Requejo ©

Sin Rosario, sin pena y sin Gloria
«¿Hará frio más tarde?», le pregunté a Gloria cuando salía de mi recámara. Escogí un abrigo de ante y peluche en las solapas y le volví a preguntar: «¿No es too much que me ponga esto?». «Cómo crees», me dijo. Me sentía sobrevestida.
Salimos de la casa y tomamos un taxi. Llevaba más dinero del normal porque tenía que ver a unos judiciales y darles una lana para que me arreglaran una transa pendiente. Nos metimos a Liverpool, compramos unos chocolates y metimos en una bolsa de esas grandes de la tienda la comida que nos sobró.
Me sentía rara. Salimos a la calle. Pleno insurgentes. Hicimos la parada. Un carro derrapó ante nosotras rechinando llantas. Siempre me fijo si los taxistas traen un rosario colgado en el espejo: este no lo tenía. «Nos espera un aventurón», le dije a Gloria cuando nos trepamos.
El chofer (jamás olvidaré su cara) nos dijo que mejor se iba por el eje 5 porque el tráfico estaba bien grueso. Estábamos mandando mensajes por el cel y ni cuenta nos dimos que se había metido por una calle medio desierta. Un frenazo brusco, se echa en reversa y se suben dos chavos, uno adelante, otro atrás, con nosotras: «Cierren los ojos, hijas de la chingada, o las matamos o las violamos o. Vacíen las pinches bolsas»
Nos quitaron todo lo que llevábamos encima. Salvé el reloj porque tenía la mano entre mi cadera y la de mi amiga. Sacaron las tarjetas de débito, me pidieron las claves y otra vez la amenaza de matarnos o violarnos o. Mi amiga chillando como escuincle el primer día en el kinder. Teníamos como media hora de cajero en cajero. Nos preguntaron que si éramos extranjeras (¿por el abrigo?). Yo estaba tranquila: así reacciono en las situaciones límites. Abrí un momento los ojos y me dieron un madrazo en la cara. Pensé en mi nariz operada y volví a cerrar los ojos. Gloria les dijo que no me pegaran, que estaba enferma (siempre le dice eso a la gente de mí). Me preguntaron el nombre de mi enfermedad: «Síncope Neurocardiogénico». Creo que les pareció peligroso porque nos dijeron que ya nos iban a dejar ir. Nos invitaron amablemente a bajar, con los ojos cerrados y, al final, me quitaron el abrigo. Yo sigo pensando que fue el culpable, o los pelos de la solapa o. Hasta el rosario me quitaron.
Antes de cerrar la puerta, Gloria me mira y le digo que sí sin abrir la boca. Sacamos nuestras fuscas y nos echamos a los gueyes.
—¿Y el abrigo? ¿Te lo vas a dejar?
—Ahí te lo encargo, no pensaba usarlo en tu funeral.
Nunca he sabido quitar las manchas de sangre en el ante y a ella siempre le gustó.
Alicia Álvarez ©

30 mar 2010
Alas rotas de mariposa
Cerraron todos los pabellones, pusieron candados a las puertas de todos los psiquiátricos, nos dijeron que ya estaba bien de guetos para inocentes.
Nos dieron discursos sobre una sociedad para todos, se organizaron másteres sobre integración, se dinamitaron todas las barreras, se nos dijo que ya estaba bien de quintas de reposo y casas cuartel, de batas blancas con olor a psicotrópicos; y se dictaron leyes y normas para normalizar.
Nos lo creímos. Prendimos fuego a todos los términos socialmente incorrectos, a todos los tópicos que los convertían en diferentes.
Ahora no tenemos nada, o mejor los tenemos sólo a ellos, o nos hemos quedado a solas con ellos. Ahora, son sólo visibles a nuestros ojos.
A finales de primavera, tras navegar todas las crisis, la mirada le cambia, cesan los golpes y comienza a perseguir mariposas —lo malo es que se las come si las pilla—, también se ríe de las olas si hace bueno, y canta; ¡le gusta tanto cantar, que dan más pena sus silencios!
Cuando nos dijeron autista, nos sonó a sentencia, a castigo. Con el tiempo y el amor —únicos jueces inapelables— comprendimos que los culpables eran ellos, los otros.
Helio Ayala ©

Y no se parecía a Juvencio
Irrumpió en la tienda con un dilequenomemate al que sólo le faltó Justino. La cara enrojecida, el ojo morado y la sangre me conmovieron. Ni lo dudé. Allí, bajo del mostrador, esperó hasta que se acabaron los dóndeestáentróaquíseguroyolovi a los que no pude responder. Se marchó a la misma velocidad con que pronunciaba sus palabras. Él se quedó acurrucado e inmóvil todo el tiempo que quiso. No me atreví a interrumpir las sacudidas de sus hombros al ritmo que le permitía el llanto. De vez en cuando acertaba yo a escuchar: ¡Nunca debí permitirle que me levantara la mano! ¡Nunca debí permitírselo!
Toñi Ramos ©

Aurora
Cuando papá se fue de la casa y nos quedamos solas no me dolió ni me importo mucho; de todas maneras mamá y yo pasábamos la mayor parte del tiempo así, solas, buscando trabajos que se nos acomodaran en lugar de acomodarnos nosotras a ellos. El nuevo bebe ocupaba mucho tiempo: lavar pañales, cambiarlo, cargarlo para que no llorara, alimentarlo. Solíamos turnarnos para no dejarlo nunca encargado con nadie, así una trabajaba de día, la otra de noche.
De la escuela me echaron luego que no pude pasar los exámenes extraordinarios de los dos últimos bimestres. Por aquel entonces mamá había recién dado a luz y tuve que cambiarme al turno de noche. Entré a una fábrica de jeans; mi trabajo era muy sencillo, tenía que poner los botones con una maquina que los inyecta a presión. Nada del otro mundo, la paga era poca pero segura y nos ayudaba.
A veces, cuando mi hermanito y yo nos quedamos solos bajo el intenso calor que se siente a través del techito de lamina, me imagino si así de difícil es la vida para todas las mujeres.
Anoche salí del trabajo a las diez y media, esperé el autobús como siempre, le compré una paleta de chocolate a un chico que subió a vender en la parada del centro. Todavía la llevaba en la boca cuando descendí en la esquina de la casa. Todo era como antenoche y la noche antes de esa, hasta que un auto se emparejo a mis pasos.
Hoy amanezco sobre el suelo del desierto a las afueras de la ciudad, me duele tanto el cuerpo que ya ni me duele. Estiro la mano intentado agarrarme de lo que tenga cerca para ponerme de pie pero solo alcanzo unas cuantas rocas y hierba seca. Entonces comprendo: nadie vendrá por mí ¿a quien puede importarle una pequeña obrera hija de nadie? Ya no puedo defenderme, sólo me queda mirar por última vez un amanecer anaranjado sobre el cielo de Chihuahua.
Lilymeth Mena ©


