25 abr 2010
Movimientos de tierra

13 abr 2010
En la posada del fracaso
Llegué al Centro hace meses. En admisiones, un "bata blanca" escribió: Esquizofrenia, con graves crisis maníaco-depresivas. Asegura estar amenazada de muerte y poseída por un espíritu. Su estado se agravó a raíz de una denuncia. Administrar el tratamiento protocolario. Ingreso en Psiquiatría.
Recuerdo aquella tarde, su cansancio, la fiebre; era una gripe, pero el puto crítico tenía trabajo y me lo endosó: «¡Machácalos a todos, sin piedad!» Y eso hice. Se trataba de unas horas, qué narices. Critiqué las obras como pude, pensé en mi ascenso y en el viajecito a Bali (este año sería para mí). La tirada de la revista se multiplicó, todos contentos. Después recibí su primera visita. Dijo que era El Cheto, amigo de un escritor y experto en cortar cabezas; la mía peligraba. Sentí un escalofrío; después, una mano agarró mi cuello con ira, pero él ya se había ido. Estaba sola. Vi la silueta difusa de un hombre calcinado, un alma en pena. Quería estrangularme, pero no tuvo fuerza y se desvaneció. Se apareció más veces, ¡qué pesadilla! El Cheto iba y venía, me tenía controlada. Días después llegó el cantante, con eso ya no pude. Nos reunimos en mi despacho y fue muy claro: « Pienso denunciarla, Usted me lo robó». A mí que me registren, le dije.
Me encontraron en el suelo del despacho, los ojos desorbitados, por eso los llamaron. Uno de ellos, el que conducía la ambulancia, era El Cheto, no tuve dudas. A su lado, invisible para todos, el quemado. Al cruzar la calle vi al jodido cantautor entrando en Comisaria. Me llegó la denuncia días después. ¡El muy cabrón! Pierde el mes de abril y jura que yo se lo he robado.
Cristina Requejo

11 abr 2010
Tras bambalinas
El pleito armó tal escándalo que los guardias tuvieron que calmarnos con macanas. Las mesas del comedor eran un campo de batalla, las charolas con comida volaban por todas partes, una para todas y todas para una, como los madrazos. Aquí cuando se arma la gorda, se arma. A los que comenzaron la bronca se los llevaron luego luego; seguro los van a meter al hoyo un rato, para que se chinguen. Anuncian por el sonido que tenemos que ir a nuestras celdas para el conteo. Muchas veces se aprovecha el caos para intentar alguna fuga. Es mejor estar seguros de que cada ratón esta en su ratonera. Mis cuates de cajón son todos unos hijos de puta. El Rulo se cogio a la hija de un juez: el suegro le achacó cargos de secuestro y le echaron veinte años; el Baldomero acuchillo a un informante de la judicial que se salvo de puritito milagro: le echaron quince. El otro chavo, el Cheto, es un escuincle caguengue como de veintitantos. Es más o menos nuevo, tiene aquí como diez meses. Se ve algo abanicado, siempre anda como perdido. Le late leer y ahora es el bibliotecario por que el viejo Luis se murió. Nadie sabe por qué esta aquí, y la verdad, me vale madres, pero me cae dos tres, cuando pasa con el carrito. Sabe tantito de mi vida y que también me late un resto leer. A cambio le doy un par de Delicados sin filtro,. Aquí todo se compra con tabaco o con sexo, no hay de otra.
Luego de contarnos nos sacan al patio de recreo. Por la virgencita que así le dicen, de a deveras. Algunos juegan fucho, otros se echan un pocarito. Yo me quedo con unos cuates en las bancas de la parte alta. Siempre observo a los demás, soy un vampiro de los que me rodean. Mi santa siempre dijo que a mí nomás me gusta andar chupando la alegría.
El Cheto viene arrastrando las patas, así como el camina siempre. Se sienta, con ese libro de pasta jodida que trae para todos lados. Estábamos a mitad de un chiste rojo del Rulo cuando al menso le da por hacer la misma pregunta idiota de todos los nuevos.
—¿Tú por que estas aquí? El Rulo se caga de risa.
—Yo no hice nada wey, soy inocente.¿Que no lo sabes? que aquí todos somos inocentes.
El Cheto se sienta junto a mí todo lacio, y así como no queriendo la cosa me pregunta:
—Y que, ¿tú también eres inocente?
—No, yo soy el único hombre culpable en Almoloya.
—Yo cuando estaba allá afuera leí una de tus novelas. Mi santa hasta veía la telenovela que hicieron. La neta no se qué haces aquí.
—Yo, mi chavo, estoy aquí por culpa de mi mala memoria.
—Tu mala memoria... Seguro eras de esos weyes que ganaban un chingo de lana, te codeabas con las estrellas. ¿Andabas con la protagonista de la telenovela no?
—Te digo, mala memoria.
—Supe que iban a grabar una segunda telenovela con otro de tus libros, pero ya ni supe si se hizo o no.
—No, me la cancelaron.
—Por eso estas aquí, ya nadie quiso darte chamba, te quedaste sin lana, e endrogaste a lo wey y no pudiste pagar.
—No Cheto, yo nunca me he quejado de nada, ni de nadie, solo de mi pésima memoria, por olvidarme de sacar la cabeza de un crítico del refri.
Lilymeth Mena ©

9 abr 2010
El favor de la crítica
Atravesó la librería a grandes zancadas. Se peinó con la mano el sedoso cabello plateado. Era guapo, alto, de complexión atlética. Pulóver azul marino a juego con los pantalones grises. Un cierto aire desenfadado. Se sentó en el sillón con la estilográfica en la derecha, la mejilla apoyada en la izquierda, y su mejor sonrisa. La zona donde tenía que firmar su último libro estaba abarrotada. Sobre todo se agolpaban las lectoras, que, ansiosas y luciendo su mejor escote y también, por qué no, su mejor sonrisa, se empujaban silenciosamente para ser las primeras en acercarse a él.
En el estante principal de la tienda, numerosos ejemplares de su último libro "Otoño", eran acompañados por otros títulos anteriores.
Tras saludar, firmar, comentar y preguntar nombres durante un par de horas, se despidió del librero agradeciendo su invitación. Tenía prisa. Había quedado para celebrarlo con su editor. Mientras caminaba con paso rápido por las calles que lo separaban del restaurante donde iban a cenar, sintió cierta naúsea. Últimamente estaba cansado. Había sido una suerte firmar con aquella editorial, dueña de todo un emporio mediático. Todos los críticos estaban de su parte. "El mejor novelista de esta primera mitad de siglo". "Un ritmo vertiginoso junto a una sensibilidad exquisita". "El gran conocedor de las pasiones humanas". Sus libros se vendían por miles. Era admirado e invitado a multitud de eventos.
Tanto era así que tuvo que contratar a un "negro" para que continuase escribiendo, y lo cierto es que el tipo había cogido bien el aire. Su mujer le había abandonado, porque no sólo había sido poco transparente en el trabajo. Pero, ¿qué quería? Todas esas admiradoras necesitan soñar. Bueno, todas no, con todas no podía, tenía que elegir. Las entrevistas eran frecuentes, tenía que cuidar su imagen; iba todos los días al gimnasio con un entrenador personal, una vez por semana a hacerse una limpieza de cutis y un repaso al pelo y compraba su ropa en las mejores tiendas tras una selección severa.
No sabía que tener a la crítica de tu parte era tan agotador.
Cruzó la calle absorto. No vio el coche que se acercaba rugiendo. Cuando la policía quiso avisar a alguien cercano, no supo qué teléfono marcar.
Beatriz Astudillo ©

20 mar 2010
El profesor
Era una putada.
El maldito profesor, que sin duda alguna me tenía manía, me había encargado un cuento para el domingo. Ya le había comentado mi imposibilidad de acabarlo para ese día con esa insistencia que, francamente, ya era habitual en mí y que él tanto despreciaba.
—Creo en tus posibilidades —me decía—, así que no me vengas con excusas estúpidas que escucho a diario y ponte a trabajar.
“A trabajar”. Desde cuando era trabajar inventar un cuento.
Sea como sea, me puse en ello, pero sin lluvia, sin gotas en los cristales, sin ansiedad…, sin nada que me echara una mano. Hasta sin gato, el cabrón había cambiado el humo de mi cigarro por los asquerosos ratones que deambulaban en esa azotea donde muchas veces me sentaba a escribir cuando en mi cuarto perdía cobertura con la musa del mes.
Pero estábamos ya casi a día veintinueve, y estaba sin dinero y sin musa. Cosa que en mi profesión, es lo mismo.
A veces, en estos casos de carencia de ingenio, me gustaba abrir el diccionario y buscar esa palabra que detonara el enlace con ese “supuesto más allá”, y que me facilitaría el camino a crear un cuento entero, un párrafo, o una simple frase ingeniosa, que era de lo que principalmente subsistía. Pero sabía que este fin de semana maldito, esa no sería la solución para la infructuosa cuenta atrás.
Y el Domingo se acercaba.
Y el profesor me esperaba.
No podía fallarle. Tenía que entregarle algo… pero qué.
El domingo llegó presentando un día dañinamente soleado. Los niños jugaban en la calle. Los pájaros cantaban en la ventana. Las vecinas silbaban en el patio interior; y como todos sabemos, ese es el ambiente más dañino que existe para cualquier musa, que enseguida toman rumbo a fríos parajes montañosos. La tarde se acercó y la oscuridad salió de mi cabeza contagiando al resto de la franja horaria.
Decidí actuar.
Fui con mi cara más triste a casa del profesor. Lo mejor sería solucionar este tema en persona. De nada servía que mañana intentara disculparme en clase, y de esta manera el ridículo sería menor.
La ventana aparecía encendida y decidí tocar el timbre. La puerta se abrió lentamente, como en una película de terror. Su cara, rancia y gris me miró como iluminada desde el
suelo. Y decidí hablar.
Al llegar a casa me puse a escribir.
Por una vez fue un encuentro productivo y las palabras acudieron a mi cabeza dictadas por una nueva musa. Esa musa triste que conocía y amaba pero con nuevos tintes desconocidos por mí.
Y llegó para quedarse mucho tiempo. Si alguna vez, hiciera frío o calor, o volvía a desaparecer, sólo tenía que volver a matar otro profesor.

12 mar 2010
Inicio del Taller
A l@s participantes en el Taller:
Empezamos el Taller on line el martes 16 de Marzo a las 21 horas, en horario de Canarias. En la península será a las 22. Para México igualmente a las 21 horas.
Deben de haber recibido ya un correo con los pasos a seguir para acceder a la plataforma.
Para culquier duda pueden comunicarse escribiendo a:
cuentoschaparros@gmail.com
Gracias, nos vemos el martes...

6 oct 2009
El antivirus de la literatura
La minificción es el antivirus de la literatura.
Lauro Zavala

5 oct 2009
Esa cosa que llaman vida tan parecida a la literatura
La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aqunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo.
Augusto Monterroso



