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18 nov 2012

Defender la Antología: Fernando Valls en un “Mar de pirañas”




«Los microrrelatos tienden a desaparecer si se los mira de frente: son demasiado tímidos y traslúcidos. Para escribirlos basta con tomar un poquito de caos y transformarlo en un miniuniverso. Como las pirañas, son pequeños y feroces. Aconsejo descartarlos si no muerden».
Ana María Shua.
   Es epígrafe de Ana María Shua es lo primero que podemos leer en la antología titulada Mar de pirañas de Fernando Valls y sirve, como en los buenos microrrelatos, para jugar entre el título y la cita, entre un mar de palabras y textos muy variados.
   El jueves 15 de noviembre asistimos a un encuentro literario con su autor en Granada, en un lugar de esos a que los que el lugar común “un marco incomparable” se le queda corto: la Madraza.
   Una vez más el privilegio fue posible gracias a la Cátedra García Lorca y su director Juan Varo.
   Una antología de cualquier género siempre es una oportunidad única de conocer diferentes maneras de entender la creación literaria y nos libra del riesgo y del gasto que supondrían tener que adquirir los libros de uno en uno, además de servir como termómetro del momento.

13 abr 2010

La crítica muy crítica


Tal vez alguien haya podido notar que Javier Marías no es santo de mi devoción.  Esto por tres motivos complementarios a veces, incluyentes otras: Marías ni es ni creo que tenga complejo de santo; es un autor de esos que llaman "de culto" (mi más sentido pésame, Sr. Marías) y, por último y no menos importante, es que nomeguta.


Sin embargo, El País ha tenido todos estos años un comprador compulsivo de su edición dominical por su culpa. Una Tropical, unos chochos, la terraza del Hotel Madrid y el artículo de contraportada del semanario son (eran) mi forma de ir a misa de doce.


Les dejo este que me enviaron, amablemente, en el que toca bastante bien, me parece, un tema del que venimos hablando en estos días; algunos soltando, otros tragando bilis; algunas muertas de risa.


Si alguien necesita otro balde de agua fría para su humilda, please, call me.



La crítca sobre la crítica


Lunes, 7 de diciembre de 2009


En varias ocasiones, más en entrevistas que por escrito, me he referido al lamentable o crítico estado de la crítica literaria en España, aunque los adjetivos deberían hacerse extensivos a la cinematográfica y puede que a otras que leo poco. He solido recibir por ello reproches e imprecaciones de críticos, de subcríticos y de colegas escritores, apoyados siempre en la argumentación más taimada y a la vez ramplona que darse pueda, a saber: ¿Cómo se atreve a criticar a la crítica un autor que en general ha sido muy bien tratado por ella? Se delataban así mis amonestadores, que sólo parecen concebir que un escritor hable de lo que atañe a todos según le vaya a él en la feria. Precisamente porque la crítica ha sido más bien generosa con mis libros me he permitido calificar de lamentable y crítico su actual estado. De haberles sido más bien adversa, me habría abstenido, no fuera a tacharse mi opinión entonces de agraviada y vengativa. Lo cierto es que así sigo pensando de la crítica o de los críticos -el matiz es irrelevante-, con cuantas excepciones se quieran; y por eso me aventuro ahora a exponer unas "reglas del juego" que afectarían tanto a los escritores o artistas como a sus jueces públicos. No pretendo, desde luego, que nadie las respete ni las tome siquiera en cuenta, ni otorgarles más valor del que pudieran merecer las que expusiera cualquier otro, es decir, más valor que el subjetivo. Son tan sólo las que creo que deberían observarse; algunas tan elementales que sería fácil acusarme de descubrir mediterráneos. Si hay que hablar de ellas y enumerarlas -eso es lo grave-, es porque rara vez se cumplen. Lo más probable es que yo mismo haya incumplido algunas, pero eso no sería óbice para propugnarlas. Como siempre en estos casos, esas reglas se formulan más como prohibiciones o disuasiones que como obligaciones, esto es: por la vía negativa.


1. Un novelista no debería hacer nunca crítica de novela, ni un poeta de poesía, sobre todo de las de sus compatriotas. Juzgar públicamente la labor de otros cuando también es la propia presupone que si uno es capaz de señalar los defectos y talentos ajenos, posee la llave para no incurrir en los primeros y saber que cuanto da a la imprenta encierra de los segundos. Es por tanto un acto de soberbia, dejando la inelegancia aparte. Que en la mayoría de países se dé esta práctica -que en los Estados Unidos escriban críticas Updike o Barth o Sontag; en Francia Dominique Fernández o Angelo Rinaldi- no la hace justificable, sino que muestra tan sólo que lo indebido ocurre en todas partes.


2. Por si no bastara este argumento, cabe añadir que esa costumbre propicia dos tentaciones por igual indeseables: la alabanza o favor mutuos; la represalia, el ojo por ojo, la venganza.


3. Si quien es sólo crítico pase un día, como sin cesar sucede, a ser poeta o novelista publicado, debe abandonar al instante el ejercicio de la crítica y no regresar a él más que si renuncia a sus novelas o poesías, y no temporalmente -sería alternar ventajas-, sino para siempre.


4. Si un crítico publica libros, del género que sean, en una editorial determinada, a partir de ese momento debe abstenerse de reseñar obras que su editorial publique. Con ello no sólo evitará parecer lo que parecen tantos -agentes de promoción de algunas casas-, sino que se ahorrará problemas con su editor si, honrado, se atreviera a denostar un producto suyo.


5. Los críticos no deberían tratar a los autores, menos aún a los editores. Menos probabilidades de que los primeros "compren" a sus jueces -o así parezca-, ya que la inversión sería muy alta por proteger unos cuantos libros, los que escriben. La inversión de los segundos sería más plausible y más rentable, pues protegerían centenares de títulos, los que editan. Lo mismo sería aplicable, en cine, a directores y productores.


6. Los críticos han de ser sinceros. Ésta es sin duda la mayor obviedad de todas, también la más incumplida. Han de tener bien presente que fingir gusto por lo despreciado, o reprobación hacia lo estimado, es extremadamente difícil, hay que ser un verdadero artista para lograrlo. Dicho de otro modo, han de saber que el elogio insincero se percibe insincero, como la condena esforzada se percibe forzada. El placer o el fastidio que procuran una película o un libro -a lo largo de un mínimo de dos horas- son demasiado agudos para que no se trasluzcan a través de las traicioneras palabras. Hay críticas sembradas de elogios que el lector sabe rutinarios y huecos, "dictados", y las hay llenas de denuestos que el lector nota impostados o inducidos, "sobrevenidos" y aun ordenados. Esas críticas no son sólo corruptas, sino sobre todo inútiles. Un crítico puede o no estar preparado, acertar o equivocarse, ser un lince o un mendrugo. Pero necesita decir lo que piensa, porque si esto falla -y falla tan a menudo que resulta un escándalo-, su crítica no interesa, ni tan siquiera engaña, y nace muerta.


7. Los motivos posibles para esa insinceridad o corrupción no son pocos. Un crítico debe ocuparse de la obra, no del autor de la obra. Los de nuestro país no osan reconocer casi nunca que es horrible, o floja, la nueva novela o película de quien las hizo buenas o goza de prestigiosa bula y de vasallaje, si son muy desfachatados, hablarán de una nueva obra maestra. Si no tanto, escamotearán su negativo o tibio juicio rememorando pasadas proezas y atravesando de puntillas el recentísimo adefesio. Asimismo callarán las virtudes de quien esté mal visto o merezca ser "castigado". Y el crítico debe siempre exponer su verdad, tan educada y respetuosamente como le convenga.


8. Práctica muy habitual en España es defenestrar a un autor para complacer o halagar o rendir pleitesía a otro, enemigo del primero. El crítico sabe que si elogia al escritor A, a quien el autor B tiene tirria o juzga pésimo, B no sólo va a burlarse de él o a reprochárselo, sino quizá a echárselo en cara como si lo hubiera ofendido personalmente. Es éste un país desleal en el que mucha gente exige lealtades descabelladas. Y un crítico no debería jamás ceder a semejantes exigencias, ni al ataque ni a la loa por asimilación ni "contagio".


9. Si un crítico ha tenido un encontronazo o polémica con un escritor, sólo le cabe abstenerse en el futuro de reseñar sus libros. Porque si los pone mal, parecerá venganza. Y si bien, que quiere reconciliarse o hacerse perdonar o congraciarse. Si además de la apariencia se diera el hecho, ese crítico sería un corrupto que aprovecharía su poder efímero para ajustar cuentas personales.


10. Un crítico no debe aceptar indicaciones ni imposiciones del medio para el que escribe. Si un autor publica artículos en un periódico, es probable que los de la competencia maltraten sus libros por sistema, o les hagan caso omiso. De la misma manera, es común que los de los columnistas propios sean invariable y monográficamente ensalzados. Esto ocurre sin rubor ni pausa, más en unos diarios que en otros, o en unos con mayor descaro.


11. Un escritor no debe responder jamás públicamente al crítico de su obra. En privado, sólo si se da la circunstancia de que lo conoce de antemano y lo hace a título personal (dar escuetamente las gracias es otra cosa). Al publicar su novela o su poesía o su ensayo, el autor los expone por su voluntad a la opinión ajena y, por inepta o injusta que le parezca la de un crítico, ha de callar públicamente (en su casa puede hacerle vudú si quiere). Cualquiera, no sólo el reseñista, está en su derecho a opinar lo que se le antoje sobre lo que le fue ofrecido. El artista puede enfadarse, y se enfadará de hecho, pero en su estudio o en la tertulia. Porque no está facultado para discutir con objetividad y ante testigos sobre lo que ha creado.


12. El escritor no debe mencionar por su nombre a ningún crítico, ni para alabarlo ni para maldecirlo. Si hace lo primero, dará la impresión de que le está agradeciendo un favor pasado o trabajándose uno futuro. Si lo segundo, parecerá que se está resarciendo de algún varapalo.


13. Sólo hay dos excepciones a esta regla. Si el crítico, en vez de analizar la obra, se ha dedicado a la disección del autor y a soltar sobre él falsedades, éste tendrá tanto derecho a responderle y desmentirle como si el calumniador no fuera un crítico o supuesto crítico. Esta excepción podría darse con frecuencia en España, donde se leen numerosas invectivas, ad hominem, que ni merecen el nombre de críticas.


14. La segunda excepción es legítima cuando un crítico acusa erróneamente a un autor de cometer un error concreto. Por ejemplo, un tal Senabre culpó una vez a mi escritura de un despropósito suyo de lectura, creyendo que un hijo hipotético e inexistente del narrador era el mismo niño que un hermano muerto de éste, una falta de atención imperdonable que descalifica al crítico por partida doble, por leer mal y por acusar en falso; y así es permitido rebatirle su injusticia. No lo sería nunca, en cambio, discutir o desautorizar su juicio de valor, por negativo que fuera.


15. Un crítico no debe rebajarse a señalar en detalle supuestas incorrecciones o faltas del autor, como si en vez de ejercer su alto oficio estuviera corrigiendo exámenes de párvulos con lápiz rojo. En primer lugar, porque quienes lo hacen yerran con demasiada frecuencia. En segundo, porque en literatura es difícil saber qué es una incorrección y qué una transgresión, una opción estética deliberada (para algunos de esos vigías no existirían la hipérbole ni la metáfora, no habría erotesis ni aposiópesis ni catacresis ni hipálage, no habría literatura). Y en tercero, porque, perdiéndose en esas minucias, producen una impresión de absoluta impotencia, como si no tuvieran ni una idea con qué llenar la página (uno de ellos dedicó catorce líneas una vez, catorce, a reprocharme un desliz léxico).


16. Si los escritores no son gremiales ni solidarios, los críticos sí lo son, lo cual acentúa la diferencia entre unos y otros que los segundos a menudo quieren negar, considerándose tan "creadores" como los primeros. Los críticos, así pues, no deberían reaccionar corporativamente si un escritor los enjuicia de manera negativa en su conjunto. Sería alarmante que muchos se dieran por aludidos, como ha ocurrido otras veces, cuando uno se está refiriendo tan sólo a bastantes. Insisto en que estas "reglas" son subjetivas y elementales. Pero quien lea suplementos y revistas literarias o cinematográficas, quien vea programas librescos y frecuente la crítica universitaria, quien asista a cursos de verano y a presentaciones de libros y fallos de premios y a festivales y estrenos de teatro y cine, será capaz de responderse si alguna de ellas se cumple.


17. Olvidaba una última que se expresa como duda: un escritor, probablemente, no debe exponer "reglas del juego" entre críticos y criticados. Si esto fuera cierto, deberían arrojar de inmediato este artículo a la papelera.


Javier Marías ©

Purita bazofia



Soy crítico anónimo por prescripción facultativa.


La médica me dijo que tengo mucho odio que canalizar, muchas frustraciones que combatir y demasiado tiempo para pensar, así que decidí cumplir con las normas que ella me dictaba. Siempre fui muy sumiso ante el poder.  Sobre todo el femenino.


Desde entonces realizo mis curas con el mismo escritor.


Es perfecto porque su manera de escribir y de expresarse es purita bazofia. Así tal cual.


Podría seguir diciendo que sus historias son estúpidas y repetitivas, que su lenguaje está a años luz de llamarse literatura y que, por ejemplo y para no cansar, está engañando a un público que, sin duda, merece algo mejor. Pero suelo resumirlo con “purita bazofia”. A la gente le gusta la expresión y a la obra le viene perfecto.


Mañana será un gran día porque “mi objetivo” publicará su último trabajo “Amor sin consecuencias” (Je, je, perfecto, ¿verdad?), y por la noche ya estaré preparando una crítica que empezará por esa “bazofia” de título y terminará por la mierda del final.


Sí, mañana será una gran jornada que terminará de manera grandiosa, aunque durante el día tenga quehaceres menos gratos, como madrugar, hacer la compra, y presentarme en la editorial. Odio esos días en los que la oficina se llena de clientes VIP y periodistas sin puta idea, esperando con impaciencia mi nueva publicación. La que desde hace años me ha hecho millonario pero que nunca he soportado.


Lisandro Rodríguez ©

En la posada del fracaso




Llegué al Centro hace meses. En admisiones, un "bata blanca" escribió: Esquizofrenia, con graves crisis maníaco-depresivas. Asegura estar amenazada de muerte y poseída por un espíritu. Su estado se agravó a raíz de una denuncia. Administrar el tratamiento protocolario. Ingreso en Psiquiatría.


Recuerdo aquella tarde, su cansancio, la fiebre; era una  gripe, pero el puto crítico tenía trabajo y me lo endosó: «¡Machácalos a todos, sin piedad!» Y eso hice. Se trataba de unas horas, qué narices. Critiqué las obras como pude, pensé en mi ascenso y en el viajecito a Bali (este año sería para mí). La tirada de la revista se multiplicó, todos contentos. Después recibí su primera visita. Dijo que era El Cheto, amigo de un escritor y experto en cortar cabezas; la mía peligraba. Sentí un escalofrío; después, una mano  agarró mi cuello con ira, pero él ya se había ido. Estaba sola. Vi la silueta difusa de un hombre calcinado, un alma en pena. Quería estrangularme, pero no tuvo fuerza y se desvaneció. Se apareció más veces, ¡qué pesadilla! El Cheto iba y venía, me tenía controlada. Días después llegó el cantante, con eso ya no pude. Nos reunimos en mi despacho y fue muy claro: « Pienso denunciarla, Usted me lo robó». A mí que me registren, le dije.


Me encontraron en el suelo del despacho, los ojos desorbitados,  por eso los llamaron. Uno de ellos, el que conducía la ambulancia, era El Cheto, no tuve dudas. A su lado, invisible para todos, el quemado. Al cruzar la calle vi al jodido cantautor entrando en Comisaria. Me llegó la denuncia días después. ¡El muy cabrón! Pierde el mes de abril y jura que yo se lo he robado.


Cristina Requejo

11 abr 2010

La Hemandad de las Tres Caídas



Se enfundó el capirote negro de la Hermandad de las Tres Caída poco antes de las diez.


Al fin este año saldría la estación de penitencia, después de algunas primaveras de lluvia que habían amargado la Madrugá, y que le habían robado aquella sensación de vagar por las calles como protagonista de una procesión de anónimos. ¡Le ponía mucho lo del anonimato del penitente!


Su corazón se aceleró cuando el Hermano Mayor golpeó con el martillo el trono y, en nombre de todos los cofrades muertos, el Nazareno, el Romano y el Cirineo saltaron por los aires y comenzaron a andar con pasos cortos. Pisó, sin querer, la túnica del compañero de delante, justo cuando cogió la primera bocanada del aire fresco de la noche, tras cruzar la puerta de la Iglesia de San Isidro al son del himno nacional.


En otro lado de la ciudad, D. Jesús, como otros miles de sevillanos,  se fue abriendo paso a codazos y empujones para coger, como siempre, un buen puesto en el mismo centro del Puente de Triana; llegar hasta allí y ubicarse era todo un calvario.


Por las estrechas calles del casco antiguo lo único que se oía era el tintineo de los cordones de planta del paso y el runrún de sus pensamientos. No lograba hacer silencio en su cabeza desde que sus pies descalzos sintieron el frío de los adoquines. ¿Cuántas Semanas Santas llevaba saliendo, primero como costalero, luego, cuando las fuerzas fallaron, como cofrade sin peso pero con cirio? ¿Cuántas Madrugás intentado ocultar tras aquella capa negra el gris oscuro de su vida? ¿Cuántas caras descubiertas entre la multitud, sin que a él le vieran enrojecido de vergüenza, de calor, de ira? ¿Cuántas lágrimas a oscuras? ¿Cuántas blasfemias entre dientes? Cuánta soledad y cuanta tristeza procesionada por Sevilla con y sin capirote.


Se revolvió en su atalaya cuando las primeras hermanas de la cofradía cruzaban el puente a su altura. En la primavera de 2009 había escrito un artículo en la Voz del Sur, criticando lo que denominó: "La moda primavera-femenina en las hermandades de Sevilla". La incomodidad le hizo levantar su bastón –como si se fuera a atrever a golpear alguien, él que ocultaba su cobardía tras las letras y que sólo se atrevía a matar en líneas negras de papel—. Por un momento perdió la compostura y el equilibrio, menos mal que se agarró del fuerte brazo del señor que estaba a su lado.



La Madrugá, enfiló por última vez en esa noche el Puente de Triana. Allí lo vio, era una síntesis de hombre, pasaba ya los 70 y sus excentricidades de experto conocedor de la Semana Santa sevillana lo habían convertido en una celebridad insoportable en vida. Allí, en primera fila, parecía observar todo con un aire de superioridad que iba más allá del propio incienso.


Su pequeño libro de la historia de la Hermandad se le vino a la mente, la ilusión con la que investigó, los giros que pensó para darle un  carácter ameno y fresco a su lectura, las anécdotas con las que había iniciado cada periodo histórico. Ese libro le podía haber encumbrado como Hermano Mayor unos años atrás, pero aquel viejo cascarrabias sentenció públicamente que "era un panfleto que no servía ni para turistas japoneses".


Pasó a su lado, y disimulando pero con un certero giro de cirio, golpeó el bastón de madera. D. Jesús hincó su rodilla en el suelo y un sonido sordo de hueso roto, grito ahogado y el rumor de una leve risa de capirote, rompieron el silencio de la noche.


Un tal Simón se quitó con prisas la chaqueta para apagar el fuego que se había iniciado en el pañuelo de seda del anciano cronista de la Semana Santa sevillana.


Helio Ayala ©

Tras bambalinas


El pleito armó tal escándalo que los guardias tuvieron que calmarnos con macanas. Las mesas del comedor eran un campo de batalla, las charolas con comida volaban por todas partes, una para todas y todas para una, como los madrazos. Aquí cuando se arma la gorda, se arma. A los que comenzaron la bronca se los llevaron luego luego; seguro los van a meter al hoyo un rato, para que se chinguen. Anuncian por el sonido que tenemos que ir a nuestras celdas para el conteo. Muchas veces se aprovecha el caos para intentar alguna fuga. Es mejor estar seguros de que cada ratón esta en su ratonera. Mis cuates de cajón son todos unos hijos de puta. El Rulo se cogio a la hija de un juez: el suegro le achacó cargos de secuestro y le echaron veinte años; el Baldomero acuchillo a un informante de la judicial que se salvo de puritito milagro: le echaron quince. El otro chavo, el Cheto, es un escuincle caguengue como de veintitantos. Es más o menos nuevo, tiene aquí como diez meses. Se ve algo abanicado, siempre anda como perdido. Le late leer y ahora es el bibliotecario por que el viejo Luis se murió. Nadie sabe por qué esta aquí, y la verdad, me vale madres, pero me cae dos tres, cuando pasa con el carrito. Sabe tantito de mi vida y que también me late un resto leer. A cambio le doy un par de Delicados sin filtro,. Aquí todo se compra con tabaco o con sexo, no hay de otra.


Luego de contarnos nos sacan al patio de recreo. Por la virgencita que así le dicen, de a deveras. Algunos juegan fucho, otros se echan un pocarito. Yo me quedo con unos cuates en las bancas de la parte alta. Siempre observo a los demás, soy un vampiro de los que me rodean. Mi santa siempre dijo que a mí nomás me gusta andar chupando la alegría.


El Cheto viene arrastrando las patas, así como el camina siempre. Se sienta, con ese libro de pasta jodida que trae para todos lados. Estábamos a mitad de un chiste rojo del Rulo cuando al menso le da por hacer la misma pregunta idiota de todos los nuevos.


—¿Tú por que estas aquí? El Rulo se caga de risa.


—Yo no hice nada wey, soy inocente.¿Que no lo sabes? que aquí todos somos inocentes.


El Cheto se sienta junto a mí todo lacio, y así como no queriendo la cosa me pregunta:


—Y que, ¿tú también eres inocente?


—No, yo soy el único hombre culpable en Almoloya.


—Yo cuando estaba allá afuera leí una de tus novelas. Mi santa hasta veía la telenovela que hicieron. La neta no se qué haces aquí.


—Yo, mi chavo, estoy aquí por culpa de mi mala memoria.


—Tu mala memoria... Seguro eras de esos weyes que ganaban un chingo de lana, te codeabas con las estrellas. ¿Andabas con la protagonista de la telenovela no?


—Te digo, mala memoria.


—Supe que iban a grabar una segunda telenovela con otro de tus libros, pero ya ni supe si se hizo o no.


—No, me la cancelaron.


—Por eso estas aquí, ya nadie quiso darte chamba, te quedaste sin lana, e endrogaste a lo wey y no pudiste pagar.


—No Cheto, yo nunca me he quejado de nada, ni de nadie, solo de mi pésima memoria, por olvidarme de sacar la cabeza de un crítico del refri.


Lilymeth Mena ©


9 abr 2010

Bréveme: Sobre Decálogos

   Hola a Tod@s, o jelouevribadi que jamás dirían los custodios del santo, romano, apostólico, putrefacto y moribundo español de España, o sea, los miembros (a que esa palabra siempre suena a polla?) del RAE, empezando, claro por el más ilustre de todos sus penes: El Rey (del mambo?), la pluma, Él: el Javi, el Marías.
   A traves del Moleskine Literario de Ivan Thays llego a otro que no había consultado, En minúscula en el que Ezequiel Martínez se hace eco de un decálogo de autores anglosajones (ni idea) al más puro estilo de los que hemos comentado en nuestro taller. Les dejo el enlace para que lean los poquitos que hay traducidos, así que más que nada como curiosidad.
   Hablo de Marías en el saluta de este post (chigao, un latinianjo y anglicismo en la misma frase, y un mexicanismo aquí!!) porque hace poco hablaba en El País sobre la decadencia de nuestro idioma. Evidentemente, no voy a poner el enlace para que lo lean. Hoy mismo, sin ir más lejos, a no ser que ustedes quieran, por mí no hay inconveniente, eh?; si hay que ir, se va... hablaba con una persona sobre este dilema. Comentábamos algunas dudas sobre ciertas palabras y los diferentes usos y formas a ambos lados del charco. A mí, particularmente me molestó el hecho de que, en una página que me suele ser de utilidad para responder estos desajustes entre la lengua (me vale) madre y mi cerebro, me molestó, les decía, que con respecto a un término —la palabra rubro, en concreto— se recomendara su no utilización en España pues se trata de un americanismo. Así dicho suena casi a enfermedad contagiosa, ¿no es cierto?
   En fin, sólo eso, que buen finde (uy, si me oye Mari) y que me vale la RAE (uy, si me oye Arturito Pérez).


El favor de la crítica


Atravesó la librería a grandes zancadas. Se peinó con la mano el sedoso cabello plateado. Era guapo, alto, de complexión atlética. Pulóver azul marino a juego con los pantalones grises. Un cierto aire desenfadado. Se sentó en el sillón con la estilográfica en la derecha, la mejilla apoyada en la izquierda, y su mejor sonrisa.  La zona donde tenía que firmar su último libro estaba abarrotada. Sobre todo se agolpaban las lectoras, que, ansiosas y luciendo su mejor escote y también, por qué no, su mejor sonrisa, se empujaban silenciosamente para ser las primeras en acercarse a él.


En el estante principal de la tienda, numerosos ejemplares de su último libro "Otoño", eran acompañados por otros títulos anteriores.


Tras saludar, firmar, comentar y preguntar nombres durante un par de horas, se despidió del librero agradeciendo su invitación. Tenía prisa. Había quedado para celebrarlo con su editor. Mientras caminaba con paso rápido por las calles que lo separaban del restaurante donde iban a cenar, sintió cierta naúsea. Últimamente estaba cansado. Había sido una suerte firmar con aquella editorial, dueña de todo un emporio mediático. Todos los críticos estaban de su parte. "El mejor novelista de esta primera mitad de siglo". "Un ritmo vertiginoso junto a una sensibilidad exquisita". "El gran conocedor de las pasiones humanas". Sus libros se vendían por miles. Era admirado e invitado a multitud de eventos.


Tanto era así que tuvo que contratar a un "negro" para que continuase escribiendo, y lo cierto es que el tipo había cogido bien el aire. Su mujer le había abandonado, porque no sólo había sido poco transparente en el trabajo. Pero, ¿qué quería? Todas esas admiradoras necesitan soñar. Bueno, todas no, con todas no podía, tenía que elegir. Las entrevistas eran frecuentes, tenía que cuidar su imagen; iba todos los días al gimnasio con un entrenador personal, una vez por semana a hacerse una limpieza de cutis y un repaso al pelo y compraba su ropa en las mejores tiendas tras una selección severa.


No sabía que tener a la crítica de tu parte era tan agotador.


Cruzó la calle absorto. No vio el coche que se acercaba rugiendo. Cuando la policía quiso avisar a alguien cercano, no supo qué teléfono marcar.


Beatriz Astudillo ©