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13 abr 2010

Purita bazofia



Soy crítico anónimo por prescripción facultativa.


La médica me dijo que tengo mucho odio que canalizar, muchas frustraciones que combatir y demasiado tiempo para pensar, así que decidí cumplir con las normas que ella me dictaba. Siempre fui muy sumiso ante el poder.  Sobre todo el femenino.


Desde entonces realizo mis curas con el mismo escritor.


Es perfecto porque su manera de escribir y de expresarse es purita bazofia. Así tal cual.


Podría seguir diciendo que sus historias son estúpidas y repetitivas, que su lenguaje está a años luz de llamarse literatura y que, por ejemplo y para no cansar, está engañando a un público que, sin duda, merece algo mejor. Pero suelo resumirlo con “purita bazofia”. A la gente le gusta la expresión y a la obra le viene perfecto.


Mañana será un gran día porque “mi objetivo” publicará su último trabajo “Amor sin consecuencias” (Je, je, perfecto, ¿verdad?), y por la noche ya estaré preparando una crítica que empezará por esa “bazofia” de título y terminará por la mierda del final.


Sí, mañana será una gran jornada que terminará de manera grandiosa, aunque durante el día tenga quehaceres menos gratos, como madrugar, hacer la compra, y presentarme en la editorial. Odio esos días en los que la oficina se llena de clientes VIP y periodistas sin puta idea, esperando con impaciencia mi nueva publicación. La que desde hace años me ha hecho millonario pero que nunca he soportado.


Lisandro Rodríguez ©

En la posada del fracaso




Llegué al Centro hace meses. En admisiones, un "bata blanca" escribió: Esquizofrenia, con graves crisis maníaco-depresivas. Asegura estar amenazada de muerte y poseída por un espíritu. Su estado se agravó a raíz de una denuncia. Administrar el tratamiento protocolario. Ingreso en Psiquiatría.


Recuerdo aquella tarde, su cansancio, la fiebre; era una  gripe, pero el puto crítico tenía trabajo y me lo endosó: «¡Machácalos a todos, sin piedad!» Y eso hice. Se trataba de unas horas, qué narices. Critiqué las obras como pude, pensé en mi ascenso y en el viajecito a Bali (este año sería para mí). La tirada de la revista se multiplicó, todos contentos. Después recibí su primera visita. Dijo que era El Cheto, amigo de un escritor y experto en cortar cabezas; la mía peligraba. Sentí un escalofrío; después, una mano  agarró mi cuello con ira, pero él ya se había ido. Estaba sola. Vi la silueta difusa de un hombre calcinado, un alma en pena. Quería estrangularme, pero no tuvo fuerza y se desvaneció. Se apareció más veces, ¡qué pesadilla! El Cheto iba y venía, me tenía controlada. Días después llegó el cantante, con eso ya no pude. Nos reunimos en mi despacho y fue muy claro: « Pienso denunciarla, Usted me lo robó». A mí que me registren, le dije.


Me encontraron en el suelo del despacho, los ojos desorbitados,  por eso los llamaron. Uno de ellos, el que conducía la ambulancia, era El Cheto, no tuve dudas. A su lado, invisible para todos, el quemado. Al cruzar la calle vi al jodido cantautor entrando en Comisaria. Me llegó la denuncia días después. ¡El muy cabrón! Pierde el mes de abril y jura que yo se lo he robado.


Cristina Requejo

11 abr 2010

La Hemandad de las Tres Caídas



Se enfundó el capirote negro de la Hermandad de las Tres Caída poco antes de las diez.


Al fin este año saldría la estación de penitencia, después de algunas primaveras de lluvia que habían amargado la Madrugá, y que le habían robado aquella sensación de vagar por las calles como protagonista de una procesión de anónimos. ¡Le ponía mucho lo del anonimato del penitente!


Su corazón se aceleró cuando el Hermano Mayor golpeó con el martillo el trono y, en nombre de todos los cofrades muertos, el Nazareno, el Romano y el Cirineo saltaron por los aires y comenzaron a andar con pasos cortos. Pisó, sin querer, la túnica del compañero de delante, justo cuando cogió la primera bocanada del aire fresco de la noche, tras cruzar la puerta de la Iglesia de San Isidro al son del himno nacional.


En otro lado de la ciudad, D. Jesús, como otros miles de sevillanos,  se fue abriendo paso a codazos y empujones para coger, como siempre, un buen puesto en el mismo centro del Puente de Triana; llegar hasta allí y ubicarse era todo un calvario.


Por las estrechas calles del casco antiguo lo único que se oía era el tintineo de los cordones de planta del paso y el runrún de sus pensamientos. No lograba hacer silencio en su cabeza desde que sus pies descalzos sintieron el frío de los adoquines. ¿Cuántas Semanas Santas llevaba saliendo, primero como costalero, luego, cuando las fuerzas fallaron, como cofrade sin peso pero con cirio? ¿Cuántas Madrugás intentado ocultar tras aquella capa negra el gris oscuro de su vida? ¿Cuántas caras descubiertas entre la multitud, sin que a él le vieran enrojecido de vergüenza, de calor, de ira? ¿Cuántas lágrimas a oscuras? ¿Cuántas blasfemias entre dientes? Cuánta soledad y cuanta tristeza procesionada por Sevilla con y sin capirote.


Se revolvió en su atalaya cuando las primeras hermanas de la cofradía cruzaban el puente a su altura. En la primavera de 2009 había escrito un artículo en la Voz del Sur, criticando lo que denominó: "La moda primavera-femenina en las hermandades de Sevilla". La incomodidad le hizo levantar su bastón –como si se fuera a atrever a golpear alguien, él que ocultaba su cobardía tras las letras y que sólo se atrevía a matar en líneas negras de papel—. Por un momento perdió la compostura y el equilibrio, menos mal que se agarró del fuerte brazo del señor que estaba a su lado.



La Madrugá, enfiló por última vez en esa noche el Puente de Triana. Allí lo vio, era una síntesis de hombre, pasaba ya los 70 y sus excentricidades de experto conocedor de la Semana Santa sevillana lo habían convertido en una celebridad insoportable en vida. Allí, en primera fila, parecía observar todo con un aire de superioridad que iba más allá del propio incienso.


Su pequeño libro de la historia de la Hermandad se le vino a la mente, la ilusión con la que investigó, los giros que pensó para darle un  carácter ameno y fresco a su lectura, las anécdotas con las que había iniciado cada periodo histórico. Ese libro le podía haber encumbrado como Hermano Mayor unos años atrás, pero aquel viejo cascarrabias sentenció públicamente que "era un panfleto que no servía ni para turistas japoneses".


Pasó a su lado, y disimulando pero con un certero giro de cirio, golpeó el bastón de madera. D. Jesús hincó su rodilla en el suelo y un sonido sordo de hueso roto, grito ahogado y el rumor de una leve risa de capirote, rompieron el silencio de la noche.


Un tal Simón se quitó con prisas la chaqueta para apagar el fuego que se había iniciado en el pañuelo de seda del anciano cronista de la Semana Santa sevillana.


Helio Ayala ©

Tras bambalinas


El pleito armó tal escándalo que los guardias tuvieron que calmarnos con macanas. Las mesas del comedor eran un campo de batalla, las charolas con comida volaban por todas partes, una para todas y todas para una, como los madrazos. Aquí cuando se arma la gorda, se arma. A los que comenzaron la bronca se los llevaron luego luego; seguro los van a meter al hoyo un rato, para que se chinguen. Anuncian por el sonido que tenemos que ir a nuestras celdas para el conteo. Muchas veces se aprovecha el caos para intentar alguna fuga. Es mejor estar seguros de que cada ratón esta en su ratonera. Mis cuates de cajón son todos unos hijos de puta. El Rulo se cogio a la hija de un juez: el suegro le achacó cargos de secuestro y le echaron veinte años; el Baldomero acuchillo a un informante de la judicial que se salvo de puritito milagro: le echaron quince. El otro chavo, el Cheto, es un escuincle caguengue como de veintitantos. Es más o menos nuevo, tiene aquí como diez meses. Se ve algo abanicado, siempre anda como perdido. Le late leer y ahora es el bibliotecario por que el viejo Luis se murió. Nadie sabe por qué esta aquí, y la verdad, me vale madres, pero me cae dos tres, cuando pasa con el carrito. Sabe tantito de mi vida y que también me late un resto leer. A cambio le doy un par de Delicados sin filtro,. Aquí todo se compra con tabaco o con sexo, no hay de otra.


Luego de contarnos nos sacan al patio de recreo. Por la virgencita que así le dicen, de a deveras. Algunos juegan fucho, otros se echan un pocarito. Yo me quedo con unos cuates en las bancas de la parte alta. Siempre observo a los demás, soy un vampiro de los que me rodean. Mi santa siempre dijo que a mí nomás me gusta andar chupando la alegría.


El Cheto viene arrastrando las patas, así como el camina siempre. Se sienta, con ese libro de pasta jodida que trae para todos lados. Estábamos a mitad de un chiste rojo del Rulo cuando al menso le da por hacer la misma pregunta idiota de todos los nuevos.


—¿Tú por que estas aquí? El Rulo se caga de risa.


—Yo no hice nada wey, soy inocente.¿Que no lo sabes? que aquí todos somos inocentes.


El Cheto se sienta junto a mí todo lacio, y así como no queriendo la cosa me pregunta:


—Y que, ¿tú también eres inocente?


—No, yo soy el único hombre culpable en Almoloya.


—Yo cuando estaba allá afuera leí una de tus novelas. Mi santa hasta veía la telenovela que hicieron. La neta no se qué haces aquí.


—Yo, mi chavo, estoy aquí por culpa de mi mala memoria.


—Tu mala memoria... Seguro eras de esos weyes que ganaban un chingo de lana, te codeabas con las estrellas. ¿Andabas con la protagonista de la telenovela no?


—Te digo, mala memoria.


—Supe que iban a grabar una segunda telenovela con otro de tus libros, pero ya ni supe si se hizo o no.


—No, me la cancelaron.


—Por eso estas aquí, ya nadie quiso darte chamba, te quedaste sin lana, e endrogaste a lo wey y no pudiste pagar.


—No Cheto, yo nunca me he quejado de nada, ni de nadie, solo de mi pésima memoria, por olvidarme de sacar la cabeza de un crítico del refri.


Lilymeth Mena ©


9 abr 2010

El favor de la crítica


Atravesó la librería a grandes zancadas. Se peinó con la mano el sedoso cabello plateado. Era guapo, alto, de complexión atlética. Pulóver azul marino a juego con los pantalones grises. Un cierto aire desenfadado. Se sentó en el sillón con la estilográfica en la derecha, la mejilla apoyada en la izquierda, y su mejor sonrisa.  La zona donde tenía que firmar su último libro estaba abarrotada. Sobre todo se agolpaban las lectoras, que, ansiosas y luciendo su mejor escote y también, por qué no, su mejor sonrisa, se empujaban silenciosamente para ser las primeras en acercarse a él.


En el estante principal de la tienda, numerosos ejemplares de su último libro "Otoño", eran acompañados por otros títulos anteriores.


Tras saludar, firmar, comentar y preguntar nombres durante un par de horas, se despidió del librero agradeciendo su invitación. Tenía prisa. Había quedado para celebrarlo con su editor. Mientras caminaba con paso rápido por las calles que lo separaban del restaurante donde iban a cenar, sintió cierta naúsea. Últimamente estaba cansado. Había sido una suerte firmar con aquella editorial, dueña de todo un emporio mediático. Todos los críticos estaban de su parte. "El mejor novelista de esta primera mitad de siglo". "Un ritmo vertiginoso junto a una sensibilidad exquisita". "El gran conocedor de las pasiones humanas". Sus libros se vendían por miles. Era admirado e invitado a multitud de eventos.


Tanto era así que tuvo que contratar a un "negro" para que continuase escribiendo, y lo cierto es que el tipo había cogido bien el aire. Su mujer le había abandonado, porque no sólo había sido poco transparente en el trabajo. Pero, ¿qué quería? Todas esas admiradoras necesitan soñar. Bueno, todas no, con todas no podía, tenía que elegir. Las entrevistas eran frecuentes, tenía que cuidar su imagen; iba todos los días al gimnasio con un entrenador personal, una vez por semana a hacerse una limpieza de cutis y un repaso al pelo y compraba su ropa en las mejores tiendas tras una selección severa.


No sabía que tener a la crítica de tu parte era tan agotador.


Cruzó la calle absorto. No vio el coche que se acercaba rugiendo. Cuando la policía quiso avisar a alguien cercano, no supo qué teléfono marcar.


Beatriz Astudillo ©

2 abr 2010

Aviso Oportuno






¿Siente que ha perdido la imaginación? ¿Cree que la inspiración se ha olvidado de usted para siempre? ¿Siente que un vacío se come sus entrañas y no entiende la razón? ¿Siente una indiferencia indescriptible y ya no quiere ni pensar?  No desespere: tenemos la solución para usted. Visítenos en www.alamedida.com





Si esto lo hubiera leído en un día común y corriente, hubiera pensado que se trataba de una broma.  Pero no, aquél no era un día cualquiera. Aquel día yo estaba inconsolable pues se cumplía un año desde la última vez que había logrado escribir algo (y que conste que antes de eso yo escribía todos los días).


Así que sin más, me metí al internet a buscar aquel sitio.  No recuerdo todos los detalles, pero en esencia el sitio contenía lo siguiente:





A LA MEDIDA

Si usted ha dejado de creer y de crear, llegó al lugar indicado.  Tenemos una musa para usted.  Si en 24 horas no recobra la imaginación, y las ganas de vivir, le devolvemos su dinero.


Contamos con un catálogo extenso:


Véala crecer entre las flores de su jardín o ármela usted mismo.  Musas que crecen con un par de gotas de agua o musas que se sirven con café.  Musas inflables y de pilas.  Musas de carne y hueso o musas de madera.  Musas que sólo comen y duermen o musas que hablan sin parar.  Musas violetas o transparentes.  Musas de tela o de acero inoxidable.  Musas de una sola noche y musas con alas.  Musas de caramelo y hasta musos.




Fue así como, una fría mañana, ella entró en mi vida.  Un mensajero llamó a la puerta y ahí estaba, en una caja de cartón, con la leyenda de frágil impresa por todas partes.  La armé sobre la mesa del comedor.  No fue fácil seguir las instrucciones, pero al final lo logré.


Y ahora puedo terminar este cuento, gracias a mi musa de bolsillo.



Jocelyn Aguilar ©

1 abr 2010

Pólvora de la mañana



Nunca me gustó aquella casa. Llegamos arrastrados por el hambre; sería temporal.


En uno de mis primeros recuerdos veo llegar al General: traía una jaula enorme. Dentro, un ruiseñor. El pequeño se levantó y bajó corriendo, se abalanzó sobre él y se puso a dar vueltas alrededor de su regalo; el viejo sonrió satisfecho y señaló la puerta: «Siempre cerrada, estos animales tienden a escaparse».


Mamá me llamó, nerviosa. Al Señor le molestaba que el servicio anduviera por allí, ¡suerte que no se enteró! Después nos acostamos. Al alba volvieron los ruidos, el miedo se metía entre las sábanas y ella me abrazó. Pasaría pronto. Después cantó el pájaro, su trino cada vez más apagado, hasta que dejó de oírse. Murió el mismo día que papá; fueron los ruidos, de eso estoy seguro, y el miedo a la madrugada. El niño murió después, fue trágico. Nada se supo.


Años más tarde, frente a la tumba de papá, intenté recordar los hechos como fueron. Un niño limpio y rollizo contempla un ruiseñor mientras su abuelo, de verde y con medallitas, ordena un fusilamiento. No muy lejos, en un cuarto húmedo, un hombre cuenta sus días y escribe cartas, frases sueltas, hasta una nana. No deja de toser. Y en la cocina, una mujer morena pela cebollas y despluma un pajarito. Luego veo a un niño escondido entre las sábanas; se tapa los oídos. Después, empuña un arma.



Cristina Requejo ©

Sin Rosario, sin pena y sin Gloria



«¿Hará frio  más tarde?», le pregunté a Gloria cuando salía de mi recámara. Escogí un abrigo de ante y peluche en las solapas y le volví a preguntar: «¿No es too much que me ponga esto?». «Cómo crees», me dijo. Me sentía sobrevestida.


Salimos de la casa y tomamos un taxi. Llevaba más dinero del normal porque tenía que ver a unos judiciales y darles una lana para que me arreglaran una transa pendiente. Nos metimos a Liverpool, compramos unos chocolates y metimos en una  bolsa de esas grandes de la  tienda la comida que nos sobró.


Me sentía rara. Salimos a la calle. Pleno insurgentes. Hicimos la parada. Un carro derrapó ante nosotras rechinando llantas. Siempre me fijo si los taxistas traen un rosario colgado en el espejo: este no lo tenía. «Nos espera un aventurón», le dije a Gloria cuando nos trepamos.


El chofer (jamás olvidaré su cara) nos dijo que mejor se iba por el eje 5 porque el tráfico estaba bien grueso. Estábamos mandando mensajes por el cel y ni cuenta nos dimos que se había metido por una calle medio desierta. Un frenazo brusco, se echa en reversa y se suben dos chavos, uno adelante, otro atrás, con nosotras: «Cierren los ojos, hijas de la chingada, o las matamos o las violamos o. Vacíen las pinches bolsas»


Nos quitaron todo lo que llevábamos encima. Salvé el reloj porque tenía la mano entre mi cadera y la de mi amiga. Sacaron las tarjetas de débito, me pidieron las claves y otra vez la amenaza de matarnos o violarnos o. Mi amiga chillando como escuincle el primer día en el kinder. Teníamos como media hora de cajero en cajero. Nos preguntaron que si éramos extranjeras (¿por el abrigo?). Yo estaba tranquila: así  reacciono en las situaciones límites. Abrí un momento los ojos y me dieron un madrazo en la cara. Pensé en mi nariz operada y volví a cerrar los ojos. Gloria les dijo que no me pegaran, que estaba enferma (siempre le dice eso a la  gente de mí). Me preguntaron el nombre de mi enfermedad: «Síncope Neurocardiogénico».  Creo que les pareció peligroso porque nos dijeron que ya nos iban a dejar ir. Nos invitaron amablemente a bajar, con los ojos cerrados y, al  final, me quitaron el abrigo. Yo sigo pensando que fue el culpable, o los pelos de la solapa o. Hasta el rosario me quitaron.


Antes de cerrar la puerta, Gloria me mira y le digo que sí sin abrir la boca. Sacamos nuestras fuscas y nos echamos a los gueyes.


—¿Y el abrigo? ¿Te lo vas a dejar?


—Ahí te lo encargo, no pensaba usarlo en tu funeral.


Nunca he sabido quitar las manchas de sangre en el ante y a ella siempre le gustó.


Alicia Álvarez ©

30 mar 2010

Alas rotas de mariposa



Cerraron todos los pabellones, pusieron candados a las puertas de todos los psiquiátricos, nos dijeron que ya estaba bien de guetos para inocentes.


Nos dieron discursos sobre una sociedad para todos, se organizaron másteres sobre integración,  se dinamitaron todas las barreras, se nos dijo que ya estaba bien de quintas de reposo y casas cuartel, de batas blancas con olor a psicotrópicos; y se dictaron leyes y normas para normalizar.


Nos lo creímos.  Prendimos fuego a todos los términos socialmente incorrectos, a todos los tópicos que los convertían en diferentes.


Ahora no tenemos nada, o mejor los tenemos sólo a ellos, o nos hemos quedado a solas con ellos. Ahora,  son sólo visibles a nuestros ojos.


A finales de primavera, tras navegar todas las crisis, la mirada le cambia, cesan los golpes y comienza a perseguir mariposas —lo malo es que se las come si las pilla—, también  se ríe de las olas si hace bueno, y  canta; ¡le gusta tanto cantar, que dan más  pena sus silencios!


Cuando nos dijeron autista, nos sonó a sentencia, a castigo. Con el tiempo y el amor —únicos jueces inapelables— comprendimos que los culpables eran ellos, los otros.


Helio Ayala ©

Aurora



Cuando papá se fue de la casa y nos quedamos solas no me dolió ni me importo mucho; de todas maneras mamá y yo pasábamos la mayor parte del tiempo así, solas, buscando trabajos que se nos acomodaran en lugar de acomodarnos nosotras a ellos. El nuevo bebe ocupaba mucho tiempo: lavar pañales, cambiarlo, cargarlo para que no llorara, alimentarlo. Solíamos turnarnos para no dejarlo nunca encargado con nadie, así una trabajaba de día, la otra de noche.


De la escuela me echaron luego que no pude pasar los exámenes extraordinarios de los dos últimos bimestres. Por aquel entonces mamá había recién dado a luz y tuve que cambiarme al turno de noche. Entré a una fábrica de jeans; mi trabajo era muy sencillo, tenía que poner los botones con una maquina que los inyecta a presión. Nada del otro mundo, la paga era poca pero segura y nos ayudaba.


A veces, cuando mi hermanito y yo nos quedamos solos bajo el intenso calor que se siente a través del techito de lamina, me imagino si así de difícil es la vida para todas las mujeres.


Anoche salí del trabajo a las diez y media, esperé el autobús como siempre, le compré una paleta de chocolate a un chico que subió a vender en la parada del centro. Todavía la llevaba en la boca cuando descendí en la esquina de la casa. Todo era como antenoche y la noche antes de esa, hasta que un auto se emparejo a mis pasos.


Hoy amanezco sobre el suelo del desierto a las afueras de la ciudad, me duele tanto el cuerpo que ya ni me duele. Estiro la mano intentado agarrarme de lo que tenga cerca para ponerme de pie pero solo alcanzo unas cuantas rocas y hierba seca. Entonces comprendo: nadie vendrá por mí ¿a quien puede importarle una pequeña obrera hija de nadie? Ya no puedo defenderme, sólo me queda mirar por última vez un amanecer anaranjado sobre el cielo de Chihuahua.


Lilymeth Mena ©

Gracias por las Musas



La orden estaba clara. Tenía que escribir un cuento sobre la inspiración o la visita de las Musas.


Cuando aquella noche pensó en ellas, las Tres gracias de Rubens, que había visto en el Prado,  aparecieron inmediatamente en su cabeza. ¿Tendrían algo que ver con las Musas? ¿Eran las Musas? ¿Eran primas de las Musas? ¿Esta imagen instantánea era una señal del despertar de su creatividad?


Había que averiguarlo, porque ella no iba a ir por ahí invocando a seres del Olimpo sin saber muy bien quiénes eran y cómo funcionaban  sus servicios. La dignidad ante todo.


Supo que las Musas comenzaron siendo tres y al final  terminaron siendo nueve. Que se concibieron en nueve noches consecutivas; esto estaba interesante. Y que siempre acompañaban a Apolo, el maravilloso dios  de la belleza masculina. Además, iluminaban a poetas y músicos.


Ojalá ella, además de leer versos, pudiera rimar uno bueno;  ojalá además de escuchar música con fruición fuese capaz de tocar algún instrumento, aunque fuese la flauta dulce (sin ofender a Orfeo).


Platón, su viejo y querido amigo, se había ocupado de ellas asignándoles distintas artes. Buscó qué Musa le venía mejor y eligió a Erato, Musa de la poesía lírica  y amorosa, cuyo  nombre derivaba de la palabra “eros”, amor, sexo, tantra, kamasutra, ummmm... Además iba semidesnuda, con los largos cabellos coronados de rosas  y mirto.


Supo que las Tres Gracias no se identificaban con las Musas, pero que estaban muy cerca de ellas, pues les gustaba divertirse al son de la música de Apolo. Ummm… Las Tres Gracias no se perdían ni una: asistían a banquetes, danzas, y a todo lo que creyeran agradable, interesante o atractivo. También eran jóvenes y muy bellas, vestían una fina túnica o iban desnudas, y eran compañía habitual en el Olimpo de Afrodita y Eros.


Siempre aparecían cogidas de la mano danzando, con la cabellera despeinada por el juego del baile. Otorgaban tanto a dioses como a mortales la alegría sí, pero también la elocuencia, la liberalidad, la sabiduría.


¿Qué prefería? ¿Apolo o alcanzar la sabiduría y la alegría?


Sin dudarlo decidió que no necesitaba su visita, ni de las Musas en general, ni de Erato en particular, ni  siquiera de las Tres Gracias cogiditas de la mano.


Ella, lo que realmente quería, ya sin titubeos, sin demora, era quitarse la ropa y danzar, cantar, bailar, hasta transformarse en una de ellas.


Y al carajo con escribir el cuento!


Beatriz Astudillo ©