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23 ago 2010

1.2. Inspiración o sudoración. El proceso creativo




Como decíamos ayer... seguimos con otra pregunta que podemos resumir, de manera más o menos poética, en el ya eterno dilema de si existen o no las famosas (o dichosas: es cuestión de opiniones, como veremos) musas.

El proceso creativo es un tema tan personal e íntimo que, nuevamente, no vamos a llegar a ninguna conclusión dogmática y menos aún plantear recetas mágicas ni descifrar trucos, porque, en verdad, no hay ni recetas ni trucos que  sean válidos o nos puedan valer a todos por igual o en el mismo momento. Por suerte sí contamos con gran cantidad de las llamadas poéticas personales o teorías de varios autores sobre el acto de crear.

2 abr 2010

Aviso Oportuno






¿Siente que ha perdido la imaginación? ¿Cree que la inspiración se ha olvidado de usted para siempre? ¿Siente que un vacío se come sus entrañas y no entiende la razón? ¿Siente una indiferencia indescriptible y ya no quiere ni pensar?  No desespere: tenemos la solución para usted. Visítenos en www.alamedida.com





Si esto lo hubiera leído en un día común y corriente, hubiera pensado que se trataba de una broma.  Pero no, aquél no era un día cualquiera. Aquel día yo estaba inconsolable pues se cumplía un año desde la última vez que había logrado escribir algo (y que conste que antes de eso yo escribía todos los días).


Así que sin más, me metí al internet a buscar aquel sitio.  No recuerdo todos los detalles, pero en esencia el sitio contenía lo siguiente:





A LA MEDIDA

Si usted ha dejado de creer y de crear, llegó al lugar indicado.  Tenemos una musa para usted.  Si en 24 horas no recobra la imaginación, y las ganas de vivir, le devolvemos su dinero.


Contamos con un catálogo extenso:


Véala crecer entre las flores de su jardín o ármela usted mismo.  Musas que crecen con un par de gotas de agua o musas que se sirven con café.  Musas inflables y de pilas.  Musas de carne y hueso o musas de madera.  Musas que sólo comen y duermen o musas que hablan sin parar.  Musas violetas o transparentes.  Musas de tela o de acero inoxidable.  Musas de una sola noche y musas con alas.  Musas de caramelo y hasta musos.




Fue así como, una fría mañana, ella entró en mi vida.  Un mensajero llamó a la puerta y ahí estaba, en una caja de cartón, con la leyenda de frágil impresa por todas partes.  La armé sobre la mesa del comedor.  No fue fácil seguir las instrucciones, pero al final lo logré.


Y ahora puedo terminar este cuento, gracias a mi musa de bolsillo.



Jocelyn Aguilar ©

30 mar 2010

Gracias por las Musas



La orden estaba clara. Tenía que escribir un cuento sobre la inspiración o la visita de las Musas.


Cuando aquella noche pensó en ellas, las Tres gracias de Rubens, que había visto en el Prado,  aparecieron inmediatamente en su cabeza. ¿Tendrían algo que ver con las Musas? ¿Eran las Musas? ¿Eran primas de las Musas? ¿Esta imagen instantánea era una señal del despertar de su creatividad?


Había que averiguarlo, porque ella no iba a ir por ahí invocando a seres del Olimpo sin saber muy bien quiénes eran y cómo funcionaban  sus servicios. La dignidad ante todo.


Supo que las Musas comenzaron siendo tres y al final  terminaron siendo nueve. Que se concibieron en nueve noches consecutivas; esto estaba interesante. Y que siempre acompañaban a Apolo, el maravilloso dios  de la belleza masculina. Además, iluminaban a poetas y músicos.


Ojalá ella, además de leer versos, pudiera rimar uno bueno;  ojalá además de escuchar música con fruición fuese capaz de tocar algún instrumento, aunque fuese la flauta dulce (sin ofender a Orfeo).


Platón, su viejo y querido amigo, se había ocupado de ellas asignándoles distintas artes. Buscó qué Musa le venía mejor y eligió a Erato, Musa de la poesía lírica  y amorosa, cuyo  nombre derivaba de la palabra “eros”, amor, sexo, tantra, kamasutra, ummmm... Además iba semidesnuda, con los largos cabellos coronados de rosas  y mirto.


Supo que las Tres Gracias no se identificaban con las Musas, pero que estaban muy cerca de ellas, pues les gustaba divertirse al son de la música de Apolo. Ummm… Las Tres Gracias no se perdían ni una: asistían a banquetes, danzas, y a todo lo que creyeran agradable, interesante o atractivo. También eran jóvenes y muy bellas, vestían una fina túnica o iban desnudas, y eran compañía habitual en el Olimpo de Afrodita y Eros.


Siempre aparecían cogidas de la mano danzando, con la cabellera despeinada por el juego del baile. Otorgaban tanto a dioses como a mortales la alegría sí, pero también la elocuencia, la liberalidad, la sabiduría.


¿Qué prefería? ¿Apolo o alcanzar la sabiduría y la alegría?


Sin dudarlo decidió que no necesitaba su visita, ni de las Musas en general, ni de Erato en particular, ni  siquiera de las Tres Gracias cogiditas de la mano.


Ella, lo que realmente quería, ya sin titubeos, sin demora, era quitarse la ropa y danzar, cantar, bailar, hasta transformarse en una de ellas.


Y al carajo con escribir el cuento!


Beatriz Astudillo ©

23 mar 2010

No es cosa de musas



Días pensando que escribir, ¿cómo logro plasmar lo que siento? ¿Acaso si necesito  una musa?

Escribo un sin fin de ideas sin llegar a ninguna concreta. Pienso en el escritor y comienzo a plantearme que no sólo es su técnica, su habilidad. Tal vez, después de todo, exista ese algo que muchos se empeñan en negar.


Justo cuando decido que ya no voy a seguir escribiendo, mis dedos empiezan a moverse casi contra mi voluntad y doy con la respuesta:


"Lo mío no es cuestión de musa sino de impaciencia"



Martha González ©

22 mar 2010

Las Musamorosas



Las musas fuman marihuana, toman absenta, se inyectan morfina, se bañan en leche de cabra, se perfuman los instintos, se vuelven locas con nada;  las musas son las notas de la música, la palabra precisa en tu boca, el sabor perfecto de la comida, el efecto reacio del alcohol —a veces.  Son pólvora para encender, la arena movediza donde me paro cada mañana, los silencios, largos, los suspiros, a medias, los cigarros, sin prender, las luces, sin brillo; las musas, a veces, se van y regresan, sin previo aviso; son la visita inesperada que llena de letras un espacio,  en blanco. Las musas, las pálidas musas, imágenes de cosas que no hemos vivido.


Las musas no duermen, andan al acecho, esperando el absurdo momento en que alguien las invoque; son mito, son verdad para quien las recibe en su alma; son esos rayos que provocan incendios y nos hacen ver la luminosidad de otra manera. Las musas —las pinches musas— son esas volubles gotas de agua que caen en la espera de la sequía, esas que se van de vacaciones y no nos traen nada de vuelta; las musas, la envidia del tedio y del desconsuelo, las lucecitas que se ven entre los árboles en las noches de luna llena, entrañables locas que extrañamos cada vez que cometemos el crimen perfecto.



Alicia Álvarez ©

21 mar 2010

Breakfast at Athenas's




Pensaba que nuestra relación iba a mejorar con el tiempo. Habíamos quedado en casa y me juré que esta sería la última oportunidad para arreglarlo. Todo preparado. Cuando llegaras no tendrías excusa. Oí el ascensor, me inquieté. A veces vienes de puntillas y descalza —sabes que me encanta—, pero esa venías ruidosa, como con ganas. Ni me moví. Entraste en la cocina. Sudaba.  Después, el portazo. Fui a por una cerveza.


¿Y ese puto posit en la  puerta de la nevera?


Volviste de madrugada, para variar. Para variar, como siempre, te importa una mierda que me estuviera muriendo se sueño. Me cogiste de la mano —te las sabes todas.


Tenías ojeras y yo unas cuantas dudas. Dije que lo haría, que esta vez iba a ser la última; nunca más.


Por fin amanecía —tú y tu puta costumbre de venir de noche. Bajé al kiosko y después de varias llamadas concerté la entrevista.


No soy feliz,  pero la cafetera no necesita musas.


Algunas veces te recuerdo, te imagino puteando a algún otro artista, jugando en cualquier buhardilla, en cualquier suburbio.


Eres tan parecida al resto de mis amantes que, de cuando en vez, me da por pensar que te amo.



Cristina Requejo ©

Maldita inspiración



Encendió con desgana el portátil, apagó con furia el cigarrillo y se plantó frente a la pantalla blanca en la que al fin  titilaba el cursor.


Se movió en la silla durante un buen rato antes de cerrar el programa, apagar el ordenador y encender un nuevo cigarrillo. Inspiró profundamente.


El humo le entró en el ojo y comenzó a llorar. Justo con la punzada de dolor en el pecho, le vino aquella idea genial.


Maldijo su suerte al no atinar con el botón del power, ni con el cenicero.


Olvidó la frase que estaba rumiando en  el mismo instante en que comenzaba a latir con fuerza el dedo que se quemó, y dejaba de hacerlo su maltrecho corazón.


Helio Ayala ©

Para que no quepa duda



Estimada señora:

Me pregunta usted  el motivo por el que no acude  la inspiración que reclama. Me asegura —sobria—  que ha hablado con las musas, que el silencio en su casa es el adecuado, que tiene una mesa despejada  y limpia, que ha aprendido palabras nuevas y que ha realizado los suficientes cursos online  con profesores mexicanos  como para  escribir sin parar hasta caer exhausta. Antes de explicárselo mejor despéjeme una duda: ¿Acaso es usted familia de Leopoldo?


Atentamente


Augusto Monterroso.



Toñi Ramos ©

20 mar 2010

El profesor



Era una putada.


El maldito profesor, que sin duda alguna me tenía manía, me había encargado un cuento para el domingo. Ya le había comentado mi imposibilidad de acabarlo para ese día con esa insistencia que, francamente, ya era habitual en mí y que él tanto despreciaba.


—Creo en tus posibilidades —me decía—, así que no me vengas con excusas estúpidas que escucho a diario y ponte a trabajar.


“A trabajar”. Desde cuando era trabajar inventar un cuento.


Sea como sea, me puse en ello, pero sin lluvia, sin gotas en los cristales, sin ansiedad…, sin nada que me echara una mano. Hasta sin gato, el cabrón había cambiado el humo de mi cigarro por los asquerosos ratones que deambulaban en esa azotea donde muchas veces me sentaba a escribir cuando en mi cuarto perdía cobertura con la musa del mes.


Pero estábamos ya casi a día veintinueve, y estaba sin dinero y sin musa. Cosa que en mi profesión, es lo mismo.


A veces, en estos casos de carencia de ingenio, me gustaba abrir el diccionario y buscar esa palabra que detonara el enlace con ese “supuesto más allá”, y que me facilitaría el camino a crear un cuento entero, un párrafo, o una simple frase ingeniosa, que era de lo que principalmente subsistía. Pero sabía que este fin de semana maldito, esa no sería la solución para la infructuosa cuenta atrás.


Y el Domingo se acercaba.


Y el profesor me esperaba.


No podía fallarle. Tenía que entregarle algo… pero qué.


El domingo llegó presentando un día dañinamente soleado. Los niños jugaban en la calle. Los pájaros cantaban en la ventana. Las vecinas silbaban en el patio interior; y como todos sabemos, ese es el ambiente más dañino que existe para cualquier musa, que enseguida toman rumbo a fríos parajes montañosos. La tarde se acercó y la oscuridad salió de mi cabeza contagiando al resto de la franja horaria.


Decidí actuar.


Fui con mi cara más triste a casa del profesor. Lo mejor sería solucionar este tema en persona. De nada servía que mañana intentara disculparme en clase, y de esta manera el ridículo sería menor.


La ventana aparecía encendida y decidí tocar el timbre. La puerta se abrió lentamente, como en una película de terror. Su cara, rancia y gris me miró como iluminada desde el


suelo. Y decidí hablar.


Al llegar a casa me puse a escribir.


Por una vez fue un encuentro productivo y las palabras acudieron a mi cabeza dictadas por una nueva musa. Esa musa triste que conocía y amaba pero con nuevos tintes desconocidos por mí.


Y llegó para quedarse mucho tiempo. Si alguna vez, hiciera frío o calor, o volvía a desaparecer, sólo tenía que volver a matar otro profesor.



Lisandro Rodríguez ©