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13 abr 2010

En la posada del fracaso




Llegué al Centro hace meses. En admisiones, un "bata blanca" escribió: Esquizofrenia, con graves crisis maníaco-depresivas. Asegura estar amenazada de muerte y poseída por un espíritu. Su estado se agravó a raíz de una denuncia. Administrar el tratamiento protocolario. Ingreso en Psiquiatría.


Recuerdo aquella tarde, su cansancio, la fiebre; era una  gripe, pero el puto crítico tenía trabajo y me lo endosó: «¡Machácalos a todos, sin piedad!» Y eso hice. Se trataba de unas horas, qué narices. Critiqué las obras como pude, pensé en mi ascenso y en el viajecito a Bali (este año sería para mí). La tirada de la revista se multiplicó, todos contentos. Después recibí su primera visita. Dijo que era El Cheto, amigo de un escritor y experto en cortar cabezas; la mía peligraba. Sentí un escalofrío; después, una mano  agarró mi cuello con ira, pero él ya se había ido. Estaba sola. Vi la silueta difusa de un hombre calcinado, un alma en pena. Quería estrangularme, pero no tuvo fuerza y se desvaneció. Se apareció más veces, ¡qué pesadilla! El Cheto iba y venía, me tenía controlada. Días después llegó el cantante, con eso ya no pude. Nos reunimos en mi despacho y fue muy claro: « Pienso denunciarla, Usted me lo robó». A mí que me registren, le dije.


Me encontraron en el suelo del despacho, los ojos desorbitados,  por eso los llamaron. Uno de ellos, el que conducía la ambulancia, era El Cheto, no tuve dudas. A su lado, invisible para todos, el quemado. Al cruzar la calle vi al jodido cantautor entrando en Comisaria. Me llegó la denuncia días después. ¡El muy cabrón! Pierde el mes de abril y jura que yo se lo he robado.


Cristina Requejo

1 abr 2010

Pólvora de la mañana



Nunca me gustó aquella casa. Llegamos arrastrados por el hambre; sería temporal.


En uno de mis primeros recuerdos veo llegar al General: traía una jaula enorme. Dentro, un ruiseñor. El pequeño se levantó y bajó corriendo, se abalanzó sobre él y se puso a dar vueltas alrededor de su regalo; el viejo sonrió satisfecho y señaló la puerta: «Siempre cerrada, estos animales tienden a escaparse».


Mamá me llamó, nerviosa. Al Señor le molestaba que el servicio anduviera por allí, ¡suerte que no se enteró! Después nos acostamos. Al alba volvieron los ruidos, el miedo se metía entre las sábanas y ella me abrazó. Pasaría pronto. Después cantó el pájaro, su trino cada vez más apagado, hasta que dejó de oírse. Murió el mismo día que papá; fueron los ruidos, de eso estoy seguro, y el miedo a la madrugada. El niño murió después, fue trágico. Nada se supo.


Años más tarde, frente a la tumba de papá, intenté recordar los hechos como fueron. Un niño limpio y rollizo contempla un ruiseñor mientras su abuelo, de verde y con medallitas, ordena un fusilamiento. No muy lejos, en un cuarto húmedo, un hombre cuenta sus días y escribe cartas, frases sueltas, hasta una nana. No deja de toser. Y en la cocina, una mujer morena pela cebollas y despluma un pajarito. Luego veo a un niño escondido entre las sábanas; se tapa los oídos. Después, empuña un arma.



Cristina Requejo ©

21 mar 2010

Breakfast at Athenas's




Pensaba que nuestra relación iba a mejorar con el tiempo. Habíamos quedado en casa y me juré que esta sería la última oportunidad para arreglarlo. Todo preparado. Cuando llegaras no tendrías excusa. Oí el ascensor, me inquieté. A veces vienes de puntillas y descalza —sabes que me encanta—, pero esa venías ruidosa, como con ganas. Ni me moví. Entraste en la cocina. Sudaba.  Después, el portazo. Fui a por una cerveza.


¿Y ese puto posit en la  puerta de la nevera?


Volviste de madrugada, para variar. Para variar, como siempre, te importa una mierda que me estuviera muriendo se sueño. Me cogiste de la mano —te las sabes todas.


Tenías ojeras y yo unas cuantas dudas. Dije que lo haría, que esta vez iba a ser la última; nunca más.


Por fin amanecía —tú y tu puta costumbre de venir de noche. Bajé al kiosko y después de varias llamadas concerté la entrevista.


No soy feliz,  pero la cafetera no necesita musas.


Algunas veces te recuerdo, te imagino puteando a algún otro artista, jugando en cualquier buhardilla, en cualquier suburbio.


Eres tan parecida al resto de mis amantes que, de cuando en vez, me da por pensar que te amo.



Cristina Requejo ©