Llegué al Centro hace meses. En admisiones, un "bata blanca" escribió: Esquizofrenia, con graves crisis maníaco-depresivas. Asegura estar amenazada de muerte y poseída por un espíritu. Su estado se agravó a raíz de una denuncia. Administrar el tratamiento protocolario. Ingreso en Psiquiatría.
Recuerdo aquella tarde, su cansancio, la fiebre; era una gripe, pero el puto crítico tenía trabajo y me lo endosó: «¡Machácalos a todos, sin piedad!» Y eso hice. Se trataba de unas horas, qué narices. Critiqué las obras como pude, pensé en mi ascenso y en el viajecito a Bali (este año sería para mí). La tirada de la revista se multiplicó, todos contentos. Después recibí su primera visita. Dijo que era El Cheto, amigo de un escritor y experto en cortar cabezas; la mía peligraba. Sentí un escalofrío; después, una mano agarró mi cuello con ira, pero él ya se había ido. Estaba sola. Vi la silueta difusa de un hombre calcinado, un alma en pena. Quería estrangularme, pero no tuvo fuerza y se desvaneció. Se apareció más veces, ¡qué pesadilla! El Cheto iba y venía, me tenía controlada. Días después llegó el cantante, con eso ya no pude. Nos reunimos en mi despacho y fue muy claro: « Pienso denunciarla, Usted me lo robó». A mí que me registren, le dije.
Me encontraron en el suelo del despacho, los ojos desorbitados, por eso los llamaron. Uno de ellos, el que conducía la ambulancia, era El Cheto, no tuve dudas. A su lado, invisible para todos, el quemado. Al cruzar la calle vi al jodido cantautor entrando en Comisaria. Me llegó la denuncia días después. ¡El muy cabrón! Pierde el mes de abril y jura que yo se lo he robado.
Cristina Requejo

