30 mar. 2010

Gracias por las Musas



La orden estaba clara. Tenía que escribir un cuento sobre la inspiración o la visita de las Musas.


Cuando aquella noche pensó en ellas, las Tres gracias de Rubens, que había visto en el Prado,  aparecieron inmediatamente en su cabeza. ¿Tendrían algo que ver con las Musas? ¿Eran las Musas? ¿Eran primas de las Musas? ¿Esta imagen instantánea era una señal del despertar de su creatividad?


Había que averiguarlo, porque ella no iba a ir por ahí invocando a seres del Olimpo sin saber muy bien quiénes eran y cómo funcionaban  sus servicios. La dignidad ante todo.


Supo que las Musas comenzaron siendo tres y al final  terminaron siendo nueve. Que se concibieron en nueve noches consecutivas; esto estaba interesante. Y que siempre acompañaban a Apolo, el maravilloso dios  de la belleza masculina. Además, iluminaban a poetas y músicos.


Ojalá ella, además de leer versos, pudiera rimar uno bueno;  ojalá además de escuchar música con fruición fuese capaz de tocar algún instrumento, aunque fuese la flauta dulce (sin ofender a Orfeo).


Platón, su viejo y querido amigo, se había ocupado de ellas asignándoles distintas artes. Buscó qué Musa le venía mejor y eligió a Erato, Musa de la poesía lírica  y amorosa, cuyo  nombre derivaba de la palabra “eros”, amor, sexo, tantra, kamasutra, ummmm... Además iba semidesnuda, con los largos cabellos coronados de rosas  y mirto.


Supo que las Tres Gracias no se identificaban con las Musas, pero que estaban muy cerca de ellas, pues les gustaba divertirse al son de la música de Apolo. Ummm… Las Tres Gracias no se perdían ni una: asistían a banquetes, danzas, y a todo lo que creyeran agradable, interesante o atractivo. También eran jóvenes y muy bellas, vestían una fina túnica o iban desnudas, y eran compañía habitual en el Olimpo de Afrodita y Eros.


Siempre aparecían cogidas de la mano danzando, con la cabellera despeinada por el juego del baile. Otorgaban tanto a dioses como a mortales la alegría sí, pero también la elocuencia, la liberalidad, la sabiduría.


¿Qué prefería? ¿Apolo o alcanzar la sabiduría y la alegría?


Sin dudarlo decidió que no necesitaba su visita, ni de las Musas en general, ni de Erato en particular, ni  siquiera de las Tres Gracias cogiditas de la mano.


Ella, lo que realmente quería, ya sin titubeos, sin demora, era quitarse la ropa y danzar, cantar, bailar, hasta transformarse en una de ellas.


Y al carajo con escribir el cuento!


Beatriz Astudillo ©

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2 comentarios:

Toñi Ramos dijo...

Me pareció , al leerlo, que te escuchaba . Eres tú .

María Martín dijo...

Pues eso digo yo... ¡¡a bailar!!

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